El hecho de que tengamos rituales cuando fallece un ser querido, ya sea yendo al cementerio o encendiendo una vela, constituye un dispositivo simbólico de contención psíquica que contribuye a estructurar aquello que inicialmente suele experimentarse como caos emocional y desorganización interna. Se trata de actos concretos que permiten reescribir en la realidad la irreversibilidad de la pérdida.
La psicología experimental ha encontrado que recordar o realizar rituales después de una pérdida se asocia con un duelo menos intenso, en buena parte porque devuelven una sensación de control sobre algo que parece incontrolable (Norton y Gino, 2014). También pueden facilitar el tránsito desde el impacto inicial hacia una elaboración progresiva y adaptativa del duelo.
Nos proporcionan tiempo y espacio socialmente legitimado para tramitar el dolor, y tejen una red de apoyo comunitario que evita el aislamiento de la persona doliente. Además, favorecen la construcción de significado frente a una experiencia de vacío que, en muchos casos, resulta difícil de expresar verbalmente.
Pocas expresiones culturales ilustran con tanta claridad esta función psicológica de los rituales como el Día de Muertos en México. Sus raíces están en los rituales de los pueblos mexicas y otras culturas mesoamericanas, que concebían la muerte como parte de un ciclo y no como un final. Hoy se celebra entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre, con variaciones según la región.
El centro de la fiesta es la ofrenda, un altar doméstico con fotografías de los difuntos, velas, agua y sal, flores de cempasúchil cuyo color y aroma guían a las almas, incienso de copal, papel picado, calaveras de azúcar, además de alimentos y bebidas significativos para la persona fallecida durante su vida. Muchas familias pasan además la noche en el panteón, limpian y adornan las tumbas, comen, cantan y cuentan historias junto a ellas.
Investigadores de la Universidad Estatal de Arizona encontraron que adultos latinos reportaron menos ansiedad estando en ceremonias que honraron a su ser querido, así como menos duelo e incluso menor consumo de alcohol. El mismo estudio recomienda que los profesionales de la salud mental incorporen los rituales de duelo en sus planes de atención (ASU News, 2025).
Desde una perspectiva psicológica, el Día de Muertos ofrece elementos valiosos para resignificar la muerte no únicamente desde el silencio o la tragedia, tonos que predominan a menudo en los duelos en Colombia, sino desde una ocasión dedicada a la memoria activa. También permite reconocer sentimientos de gratitud y favorecer la continuidad simbólica de los vínculos afectivos con quienes han fallecido. Desde los años noventa, el enfoque de los vínculos continuos sostiene que un duelo sano no exige romper la relación con el difunto, sino transformarla (Klass, Silverman y Nickman, 1996).
Esta perspectiva sugiere que el proceso de duelo no implica permanecer anclado al sufrimiento, sino encontrar formas de reconocer y celebrar el legado, los gustos y la historia de quien partió. Integrar esa mirada permite a las familias colombianas humanizar la ausencia, habilitando espacios donde la celebración de la vida puede coexistir de manera saludable con el dolor de la pérdida.
Ahora bien, surge una pregunta relevante desde el punto de vista clínico: ¿cómo determinar si los recuerdos y rituales favorecen la elaboración del duelo o si, por el contrario, dificultan la aceptación de la pérdida? Una clave importante puede radicar en si el ritual dinamiza o paraliza la vida cotidiana de las personas y sus afectos. Un ritual integrador y saludable permite conectar con la tristeza y la memoria sin clausurar el presente ni los proyectos a futuro, y propicia una conexión que favorece la integración psicológica de la pérdida y la reorganización del vínculo con la persona fallecida.
En cambio, considero que cuando el recuerdo se vuelve rígido, preservando de manera indefinida e inflexible los espacios asociados a la persona fallecida, recurriendo a homenajes compulsivos o evitando a toda costa sentir dolor, el ritual deja de ser un vehículo de elaboración y se convierte en un mecanismo de negación o fijación melancólica. Esto dificulta de manera significativa la aceptación de la realidad ante la pérdida.
Para la mayoría, el dolor de perder a alguien se va suavizando con el tiempo y con el apoyo de los demás. Sin embargo, en algunas personas este proceso puede cronificarse, afectando significativamente su capacidad para retomar actividades cotidianas, laborales y relacionales. Según la Asociación Estadounidense de Psiquiatría y la Organización Mundial de la Salud, cuando esto persiste entre seis y doce meses ya no se trata de un duelo difícil, que pide paciencia y compañía, sino de uno que necesita atención profesional.
En contraste, compartir la mesa, las fotografías y los relatos familiares puede favorecer la construcción de una narrativa colectiva que transforma la ausencia física en una presencia simbólica compartida. La comida y las fotografías funcionan como disparadores afectivos que rescatan la anécdota y las huellas identitarias del ser querido, permitiendo que las distintas generaciones integren esa historia en la memoria común de la familia.
Neimeyer conceptualiza este proceso como reconstrucción de significado, uno de los mecanismos centrales en la adaptación psicológica a la pérdida. Al socializar los recuerdos de manera tangible y sensible, el peso del dolor puede dejar de ser una carga solitaria para convertirse en un testimonio vivo de afecto, fortaleciendo incluso la cohesión familiar y ayudando a metabolizar la pérdida a través de los relatos.
Por último, existe, además, una pregunta frecuente en el contexto del duelo: ¿qué pasa cuando no nos podemos despedir de alguien? La imposibilidad de despedirse y de participar en los rituales colectivos suele dejar el duelo en suspenso, como “no resuelto”. Esto se caracteriza por sensaciones de irrealidad, culpa, rabia e incluso desconcierto ante la falta de un cierre tangible, pues el psiquismo queda privado de un anclaje que constate la pérdida.
Entonces se vuelve indispensable poder generar rituales terapéuticos, como escribir cartas de despedida no enviadas, plantar un árbol, realizar una ceremonia íntima o construir homenajes personales. De esta manera, es posible dotar de significado simbólico a la pérdida y facilitar un cierre subjetivo que contribuya a la adaptación emocional ante la ausencia.
Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.
Referencias
- American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed., texto revisado). https://doi.org/10.1176/appi.books.9780890425787
- ASU News. (2025, 27 de octubre). Lost rituals, lasting grief: Study looks at pandemic’s toll on Latino families in Arizona. Arizona State University. https://news.asu.edu/20251027-local-national-and-global-affairs-lost-rituals-lasting-grief-study-looks-pandemics-toll
- Klass, D., Silverman, P. R., & Nickman, S. L. (Eds.). (1996). Continuing bonds: New understandings of grief. Taylor & Francis.
- Neimeyer, R. A. (Ed.). (2001). Meaning reconstruction and the experience of loss. American Psychological Association.
- Norton, M. I., & Gino, F. (2014). Rituals alleviate grieving for loved ones, lovers, and lotteries. Journal of Experimental Psychology: General, 143, 266-272. https://doi.org/10.1037/a0031772
- Organización Mundial de la Salud. (2022). Clasificación Internacional de Enfermedades, 11.ª revisión (CIE-11). https://icd.who.int


