Imagine reconocer un rostro, leer un mensaje, preparar alimentos, salir sin ayuda o desplazarse al trabajo. Son acciones cotidianas que revelan cuánto depende nuestra independencia de la visión. Ahora imagine perderla lentamente.
Primero cuesta leer la letra pequeña; después, distinguir detalles o realizar tareas sencillas. Lo que antes era automático comienza a requerir ayuda. Hablar de pérdida visual prevenible es hablar de autonomía, envejecimiento, productividad, cuidado y calidad de vida. También, de oportunidades que dejamos pasar.
Según el World Report on Vision de la Organización Mundial de la Salud (OMS), al menos 2.200 millones de personas viven con deterioro visual o ceguera; en al menos 1.000 millones, la alteración podría haberse prevenido o no había sido atendida. No toda pérdida visual es evitable, pero una parte admite prevención, tratamiento o corrección. ¿Cuántas personas podrían conservar su independencia si la atención llegara a tiempo?
Algunas dificultades se corrigen con gafas; otras requieren cirugía o tratamientos para controlar la enfermedad. Sus posibilidades de recuperación difieren. Prevenir no significa prometer visión perfecta, sino evitar discapacidad o limitar sus consecuencias. La salud visual también es poder leer una indicación, reconocer un rostro y salir de casa sin depender de alguien.
En América Latina y el Caribe, Morsch y colaboradores estimaron que, en 2020, el 14,14 % de las personas mayores de 60 años tenía deterioro visual moderado a grave y el 2,94 %, ceguera, con diferencias entre subregiones. Estas condiciones afectan el trabajo, la movilidad y la autonomía. La Comisión de The Lancet Global Health sobre salud ocular vincula la visión con bienestar, educación y desarrollo: cuidarla es también una intervención social.
La diabetes está cambiando esta conversación
La catarata y los errores refractivos no corregidos han marcado la discusión regional sobre ceguera evitable. Según GBD/Vision Loss Expert Group, representaban alrededor del 35,4 % y el 4,3 % de la ceguera, respectivamente, entre mayores de 50 años en 2020. Su peso conjunto era mayor en el deterioro visual moderado a grave. El envejecimiento y las enfermedades crónicas exigen ampliar la mirada sin abandonar esas necesidades.
La diabetes ilustra ese desafío. La Federación Internacional de Diabetes señala que decenas de millones de personas viven con ella en Sudamérica y Centroamérica, una proporción relevante sin diagnóstico. Quien desconoce su enfermedad difícilmente accede a la prevención de complicaciones oculares. Incluso con diagnóstico, prevenir exige conectar la detección con una atención integral.
La retinopatía diabética y el edema macular diabético requieren detección oportuna y continuidad asistencial; no se resuelven con gafas. El edema macular diabético (EMD) compromete la mácula, responsable de distinguir detalles en el centro de la visión. Su deterioro dificulta leer o reconocer caras: no es solo una lesión en una imagen, sino una amenaza para la independencia.
Prevenir implica controlar la diabetes, identificar alteraciones oculares y garantizar el inicio y la continuidad del tratamiento. No significa que nadie desarrollará enfermedad retiniana ni que todo daño será reversible. Existen evaluación ocular, tecnologías de imagen, tratamientos intraoculares y, en determinadas situaciones, láser u otras estrategias. Su disponibilidad, sin embargo, no garantiza acceso efectivo.
El resultado depende de una cadena: diagnosticar y controlar la diabetes, evaluar la retina, reconocer el daño, acceder al especialista, iniciar el tratamiento y mantener el seguimiento. Una ruptura reduce el beneficio de los demás eslabones. Importa saber no solo cuántas personas fueron examinadas, sino cuántas recibieron la atención necesaria. Detectar una alteración y evitar discapacidad no son el mismo resultado.
No contamos con una estimación regional suficientemente robusta y homogénea de la frecuencia del EMD, ni con una tasa comparable de cobertura del examen ocular en personas con diabetes. Estos vacíos dificultan dimensionar necesidades y evaluar respuestas. No deben suplirse trasladando cifras entre países. Necesitamos datos sobre detección, acceso, continuidad y resultados, sin posponer la atención por falta de información perfecta.
Cuando el paciente pierde visión, la familia también cambia su vida
La pérdida visual rara vez afecta solo al paciente. Un familiar reorganiza su tiempo para acompañarlo, asumir trayectos o apoyar sus consultas. Si disminuye la capacidad de trabajar, también se afectan los ingresos del hogar. Aunque cada experiencia es distinta, la autonomía perdida puede convertirse en nuevas responsabilidades para quienes lo rodean.
Un análisis económico de Ecuador sobre ceguera asociada con retinopatía diabética y EMD estimó, para 2023, USD 259,7 millones asociados a tratar la ceguera, frente a USD 108,5 millones en un escenario de prevención. Aproximadamente el 92,4 % del costo estimado de la ceguera correspondía a pérdidas de productividad. Evaluar solo el precio de consultas o tratamientos deja fuera buena parte de su impacto social.
En Colombia, dos análisis de una encuesta internacional con 325 pacientes evaluaron costos de 2022-2023, expresados en dólares a precios de 2024. El primero estimó costos indirectos del EMD de USD 592.034 para pacientes y cuidadores durante dos años, equivalentes a USD 911 por paciente al año. Incluyó transporte, tiempo dedicado a la atención, ingresos dejados de percibir y pérdidas de productividad. La productividad de pacientes menores de 60 años representó aproximadamente USD 325.130; el transporte de pacientes y cuidadores, USD 225.490. Son estimaciones de la muestra, no del costo nacional, y muestran cargas que no aparecen en una factura médica.
El segundo estimó USD 668.031 durante dos años asociados con barreras de adherencia al tratamiento (USD 456.228), financiación (USD 191.125) y acceso geográfico (USD 20.678). No se trata de responsabilizar al paciente, sino de reconocer qué le impide continuar la atención. Estos valores no deben sumarse a los anteriores: ambos análisis comparten encuesta y pueden superponer componentes. Tampoco prueban que un esquema específico reduzca costos. Los autores plantean el potencial de tratar y extender intervalos según la respuesta clínica, cuyo beneficio económico requiere evaluación. Un tratamiento disponible necesita una ruta que el paciente pueda recorrer y sostener.
Distintos sistemas, un mismo desafío: llegar a tiempo
América Latina no tiene un modelo único de atención ocular. Brasil instituyó en 2008 una política nacional de oftalmología en el Sistema Único de Salud, con redes regionales. México combina seguridad social y servicios para personas sin ella, con variaciones territoriales; Argentina, servicios públicos, obras sociales y atención privada bajo responsabilidades provinciales. Estas estructuras condicionan el acceso, pero una política escrita no demuestra atención oportuna.
Chile incluye cataratas y retinopatía diabética en sus Garantías Explícitas en Salud, con prestaciones y plazos sujetos a criterios. Colombia articula aseguramiento y rutas integrales de prevención, diagnóstico y tratamiento. Perú contó con un plan ocular 2014-2020, ya concluido; el Seguro Integral de Salud constituye una vía de cobertura pública, no la única.
La cooperación también amplió la oferta. Operación Milagro, iniciada en Cuba en 2004, ofreció cirugía ocular, incluida la de catarata, a pacientes de otros países. Sus reportes de actividad no bastan para establecer calidad, continuidad o resultados regionales comparables; tampoco la ausencia de una evaluación consolidada demuestra mala calidad. Para campañas y servicios permanentes, la pregunta es: ¿qué beneficio recibió la persona y qué seguimiento tuvo?
Persisten listas de espera, concentración urbana de especialistas, distancias, costos de traslado, pagos directos y pérdida de seguimiento tras el tamizaje. La OMS advierte desigualdades de cobertura y calidad, escasez de personal y poca integración. Una cita lejana puede seguir siendo inaccesible.
No basta con hacer el tamizaje
Contar exámenes, imágenes y procedimientos describe actividad, no necesariamente beneficio. La teleoftalmología amplía el tamizaje y la lectura remota, pero requiere confirmar hallazgos y facilitar tratamiento. ¿Cuánto tarda la valoración especializada? ¿Cuántos pacientes llegan, inician y mantienen la atención? Orbis, mediante Cybersight, ofrece formación y apoyo remoto; CBM y Fred Hollows fortalecen servicios, e IAPB aporta datos y coordinación. Complementan, pero no sustituyen, una ruta asistencial.
El plan de la OPS 2014-2019 es un antecedente, no un instrumento vigente. El Informe mundial sobre la visión de 2019 propone atención ocular integrada y centrada en las personas. En 2021, la Asamblea Mundial de la Salud adoptó metas para 2030 mediante la decisión WHA74: aumentar 30 puntos porcentuales la cobertura efectiva de cirugía de catarata y 40 puntos la de errores refractivos. No son metas específicas para EMD, pero expresan un principio común: el servicio debe llegar a quien lo necesita y producir resultados satisfactorios.
La salud visual también es gestión integral
En diabetes, esto exige integrar atención primaria, diabetología, endocrinología y oftalmología en una trayectoria continua. El cuidado ocular debe comenzar antes de que el paciente note dificultades visuales: ya existen oportunidades de evaluación y prevención. Conservar la visión es un resultado del manejo integral. Los servicios pueden organizarse por órganos; la vida de quien tiene la enfermedad es una sola.
Al discutir cuánto cuesta prevenir la pérdida visual, preguntémonos qué preservamos: leer, reconocer a alguien, trabajar o caminar con independencia. No toda pérdida podrá evitarse ni toda visión recuperarse; esos límites no restan importancia a llegar antes. América Latina necesita mejores datos y rutas que conecten diagnóstico, tratamiento y seguimiento. El éxito debe medirse más allá de consultas e imágenes: ¿cuántas personas conservan visión suficiente para continuar su vida con autonomía?
Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.
Referencias
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