Intolerancia al malestar: un desafío para la salud mental

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En el mundo de hoy, parece haberse creado la idea de que debemos sentirnos bien todo el tiempo. Y la tristeza, la frustración, la ansiedad o la incertidumbre suelen percibirse como emociones indeseables que deben desaparecer de inmediato, en lugar de asumirse como experiencias humanas que son naturales y transitorias. La psicología clínica describe este fenómeno con el concepto de intolerancia al malestar, entendida como la percepción de incapacidad de una persona para soportar estados emocionales aversivos.

Como consecuencia, esta percepción motiva conductas de evitación orientadas a aliviar la emoción lo más rápido posible en lugar de atravesarla. La evidencia reciente sugiere que, ante emociones de mayor intensidad, las personas tienden a preferir estrategias de desconexión, como la evitación, la distracción o la supresión, sobre las estrategias de afrontamiento activo, mientras que las emociones leves suelen abordarse con más apertura.

Esto sugiere que estamos interpretando cualquier emoción negativa como un problema que debe resolverse. Horwitz y Wakefield evidenciaron una expansión de la medicalización de la tristeza desde la publicación del DSM III en 1980. Según los autores, este cambio contribuyó a diluir la distinción entre la tristeza intensa normal (una respuesta esperable a la pérdida o la adversidad), y el trastorno depresivo mayor. Esta tendencia ha facilitado una mayor visibilización del sufrimiento emocional, pero también corre el riesgo de convertir experiencias humanas ordinarias en síntomas que hay que tratar.

En la misma línea, la investigación sobre regulación emocional muestra que la supresión, es decir, inhibir la expresión externa de una emoción sin cambiar lo que se siente por dentro, presenta un conjunto de consecuencias desfavorables. Se asocia con mayor afecto negativo experimentado, peor funcionamiento interpersonal y menor bienestar general, a diferencia de la reevaluación cognitiva. En un contexto cultural que valora cada vez más el bienestar permanente y la positividad, las personas pueden verse inclinadas a suprimir emociones desagradables en lugar de procesarlas.

En esta misma dirección, una investigación reciente liderada por profesores del Politécnico Grancolombiano Sede Medellín encontró que estrategias de afrontamiento adaptativas como la reevaluación cognitiva y la búsqueda de apoyo social desempeñan un papel protector frente al malestar psicológico. Los resultados mostraron que estas estrategias contribuyen a disminuir el impacto del estrés sobre síntomas depresivos, el estrés percibido e incluso la ideación suicida, respaldando la idea de que la salud mental no depende de la eliminación de las emociones difíciles, sino de la capacidad para procesarlas y responder a ellas de forma flexible y adaptativa (Castañeda Quirama et al., 2025).

La evitación como factor de vulnerabilidad

Aunque la evitación de emociones negativas reduce la incomodidad a corto plazo, termina reforzándola a largo plazo. La intolerancia al malestar está asociada, de forma transversal, con un rango amplio de psicopatología, tanto en manifestaciones internalizantes, como la ansiedad, la depresión o el estrés postraumático, como en manifestaciones externalizantes, entre ellas el consumo de sustancias y las conductas impulsivas. Cuanto más se evita el malestar, menor es la capacidad futura percibida para tolerarlo.

La pregunta sobre cómo aprender a atravesar emociones difíciles sin minimizarlas, pero tampoco convertirlas automáticamente en un problema de salud mental, encuentra su respuesta en la regulación emocional, cuyo modelo de procesamiento distingue estrategias según el momento en que intervienen. La reevaluación cognitiva, que consiste en cambiar la interpretación de la situación, actúa temprano y tiene mejores consecuencias afectivas, cognitivas y sociales que la supresión, que actúa tarde y no logra reducir realmente la experiencia interna de la emoción.

Complementariamente, la terapia de aceptación y compromiso plantea que el dolor psicológico es una parte inevitable de la vida y que la meta no es eliminarlo, sino aumentar la flexibilidad psicológica, entendida como la capacidad de mantener contacto con pensamientos y emociones difíciles mientras se actúa en función de los valores personales. El criterio clínico para diferenciar el malestar normal de un cuadro que requiere atención profesional está en una intensidad desproporcionada, en la persistencia en el tiempo y en el deterioro del funcionamiento cotidiano, no únicamente en la presencia de la emoción.

Entonces, para desarrollar mayor tolerancia a la frustración, la incertidumbre y otras experiencias difíciles de la vida cotidiana, es importante privilegiar la reevaluación cognitiva cuando resulte posible, es decir, cambiar la forma de interpretar una situación difícil en lugar de limitarse a inhibir su expresión externa, dado que suele asociarse con mejores resultados psicológicos que la supresión.

También resulta fundamental ajustar las estrategias a la intensidad de la emoción, reconociendo que ante emociones muy intensas existe una tendencia natural a la evitación, lo que permite elegir conscientemente respuestas más adaptativas. Asimismo, es útil practicar una exposición gradual al malestar en lugar de escapar sistemáticamente de él, pues esto reduce la intolerancia al malestar con el tiempo. Finalmente, conviene anclar las decisiones en los valores personales, más que en la urgencia de dejar de sentir una emoción (Hayes et al., 2006).

Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.

Referencias

  • Castañeda Quirama, T., Restrepo, J. y Casadiego Alzate, R. (2025). Effects of academic stress on psychological distress and suicidal ideation in university students: The mediating role of coping strategies. Mediterranean Journal of Clinical Psychology, 13(3). https://doi.org/10.13129/2282-1619/mjcp-5093
  • Gross, J. J. y John, O. P. (2003). Individual differences in two emotion regulation processes: Implications for affect, relationships, and well being. Journal of Personality and Social Psychology, 85(2), 348 a 362. https://doi.org/10.1037/0022-3514.85.2.348
  • Hayes, S. C., Luoma, J. B., Bond, F. W., Masuda, A. y Lillis, J. (2006). Acceptance and commitment therapy: Model, processes and outcomes. Behaviour Research and Therapy, 44(1), 1 a 25. https://doi.org/10.1016/j.brat.2005.06.006
  • Horwitz, A. V. y Wakefield, J. C. (2007). The loss of sadness: How psychiatry transformed normal sorrow into depressive disorder. Oxford University Press.
  • Kozubal, M., Szuster, A. y Wielgopolan, A. (2023). Emotional regulation strategies in daily life: The intensity of emotions and regulation choice. Frontiers in Psychology, 14, 1218694. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2023.1218694
  • Leyro, T. M., Zvolensky, M. J. y Bernstein, A. (2010). Distress tolerance and psychopathological symptoms and disorders: A review of the empirical literature among adults. Psychological Bulletin, 136(4), 576 a 600. https://doi.org/10.1037/a0019712
  • Maturo, A. y Setiffi, F. (2022). Happiness, positive thinking, and the medicalization of sadness. En Wellness, Social Policy and Public Health (páginas 33 a 47). Emerald Publishing Limited. https://doi.org/10.1108/978-1-80455-025-020221004
  • McHugh, R. K., Reynolds, E. K., Leyro, T. M. y Otto, M. W. (2013). An examination of the association of distress intolerance and emotion regulation with avoidance. Cognitive Therapy and Research, 37(2), 363 a 367. https://doi.org/10.1007/s10608-012-9463-6
  • Simons, J. S. y Gaher, R. M. (2005). The Distress Tolerance Scale: Development and validation of a self report measure. Motivation and Emotion, 29(2), 83 a 102. https://doi.org/10.1007/s11031-005-7955-3

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