El sistema de salud: un paciente al que llevamos décadas diagnosticando

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El sistema de salud un paciente al que llevamos décadas diagnosticando

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Los sistemas complejos rara vez fracasan porque desconocen sus problemas. Fracasan cuando, aun conociéndolos, son incapaces de convertir ese conocimiento en decisiones sostenibles.

Llevo más de veinte años escuchando prácticamente las mismas discusiones sobre el sistema de salud colombiano. Cambian los gobiernos. Cambian los ministros. Y, con frecuencia, una vez dejan el cargo, el debate se llena de análisis sobre las decisiones que debieron tomarse y las reformas que quedaron pendientes.

Cambian las EPS: unas desaparecen, otras son intervenidas y nuevas formas de organización ocupan su lugar. Cambian las prioridades.Pero las preguntas de fondo siguen siendo prácticamente las mismas.

Hace unos días escuché una frase que resumió esa sensación: “Todo el mundo quiere y sabe cómo se debe reformar la salud, hasta que alguien se atreve a hacerlo.”

Como médica, hay una lección que la práctica me ha enseñado una y otra vez: llega un momento en el que el problema deja de ser el diagnóstico y pasa a ser la decisión.

Un paciente puede tener los mejores exámenes, las imágenes más completas y la opinión de los especialistas más reconocidos. Puede ser discutido en múltiples juntas médicas y contar con todos los protocolos disponibles. Sin embargo, llega un punto en el que seguir solicitando estudios deja de aportar valor. Lo que necesita es tratamiento!

Eso mismo nos está ocurriendo con el sistema de salud colombiano. Durante décadas lo hemos analizado desde todos los escenarios posibles: la academia, el Gobierno, las EPS, las IPS, la industria farmacéutica, los organismos de control, las asociaciones científicas y los gremios. Hemos producido diagnósticos, indicadores, normas, mesas técnicas, documentos de política, conceptos jurídicos y leyes.

Hoy conocemos el sistema mejor que nunca. Sabemos dónde están las barreras de acceso, cuáles son las fallas de financiación, cómo impactan el envejecimiento poblacional y las enfermedades crónicas, qué desafíos trae la innovación y cuáles son las tensiones entre el derecho fundamental a la salud y la sostenibilidad del sistema.

En otras palabras, el diagnóstico ya está hecho. Entonces surge una pregunta inevitable. Si conocemos con tanta claridad el problema, ¿por qué seguimos discutiendo prácticamente las mismas soluciones veinte años después?

La respuesta, en mi opinión, no está en la falta de conocimiento. Porque una idea y una norma no cambian un sistema por el simple hecho de estar pensadas o estar escritas. Lo cambia cuando logra implementarse. Cuando genera confianza entre los actores del sector y los pacientes. Cuando sobrevive a los cambios de gobierno y conserva su capacidad de generar valor independientemente de quién ocupe el poder. Cuando deja de ser un documento y se convierte en una realidad para los usuarios. Ese es el verdadero desafío.

Cuando el conocimiento deja de ser el problema

En salud existe un amplio consenso sobre los objetivos. Queremos pacientes atendidos con oportunidad. Queremos instituciones financieramente sostenibles. Queremos innovación, calidad, talento humano fortalecido y un sistema verdaderamente centrado en las personas. El desacuerdo aparece cuando debemos responder la pregunta que ningún sistema puede evitar: ¿Qué estamos dispuestos a cambiar para que esos objetivos dejen de ser un aspiracional y se conviertan en una realidad?

Porque transformar un sistema nunca consiste únicamente en redactar una mejor norma. Transformarlo implica reasignar recursos, priorizar metas e indicadores que vamos a intervenir, modificar incentivos, redefinir responsabilidades y aceptar que toda decisión relevante tendrá ganadores, perdedores y costos de implementación.

Ese es el momento en el que el conocimiento deja de ser suficiente y la gobernanza empieza a marcar la diferencia.

La comodidad del diagnóstico permanente

Vivimos en una época en la que producir opiniones nunca había sido tan fácil. Cada semana aparecen nuevos estudios, foros, congresos, documentos y columnas que explican qué debería hacerse. Y todo ello tiene un enorme valor. Los sistemas necesitan evidencia. Necesitan análisis. Necesitan pensamiento crítico. Pero llega un momento en el que seguir acumulando diagnósticos deja de ser una fortaleza y empieza a convertirse en una forma sofisticada de inmovilidad.

Existe una diferencia enorme entre comprender un problema y transformarlo. Pensar genera reconocimiento. Hablar genera visibilidad. Decidir genera responsabilidad. Y ejecutar obliga a responder por los resultados. Quizá por eso el diagnóstico suele ser mucho más cómodo que la decisión.

El costo de no decidir

En salud solemos analizar las consecuencias de las malas decisiones. Con mucha menos frecuencia hablamos del costo de las decisiones que nunca se toman. Sin embargo, la inacción también produce efectos. Cada reforma que permanece indefinidamente en discusión. Cada modelo de atención que nunca logra implementarse. Cada innovación que tarda años en llegar a los pacientes. Cada decisión que se posterga esperando condiciones perfectas.

Todo ello también transforma el sistema, solo que en la dirección equivocada. Con frecuencia confundimos prudencia con inmovilidad. Creamos otra mesa técnica. Solicitamos otro estudio. Esperamos otro concepto. Mientras tanto, el paciente continúa esperando el tratamiento.

El verdadero reto del liderazgo

Asociamos el liderazgo con el conocimiento, pero dirigir sistemas complejos exige algo distinto. Exige decidir cuando la información nunca será perfecta, ni completa. Corregir cuando la evidencia demuestra que es necesario. Escuchar posiciones diferentes sin perder la capacidad de actuar.

Y comprender que gobernar no consiste en administrar el consenso, sino en construir las condiciones para que las decisiones puedan sostenerse en el tiempo. Quizá por eso la pregunta más importante ya no sea quién tiene la mejor propuesta para la salud de Colombia.

La verdadera pregunta es otra: ¿Tenemos, como sector, la capacidad institucional para ejecutar las transformaciones que llevamos décadas proponiendo?

Porque las ideas no cambian un sistema. Las normas tampoco. Los sistemas cambian cuando las instituciones desarrollan la capacidad de convertir las buenas ideas en políticas sostenibles, las políticas en procesos y los procesos en mejores resultados para las personas. Prolongar indefinidamente el diagnóstico también puede convertirse en una forma de no tratar al paciente.

Creo que esa misma lección aplica para el sistema de salud colombiano.

No nos faltan diagnósticos. No nos faltan estudios. No nos faltan propuestas. Lo que realmente está poniendo a prueba al sistema de salud colombiano no es su capacidad para identificar los problemas, sino su capacidad para decidir y actuar. Porque, al final, los sistemas no fracasan por desconocer qué deben hacer; fracasan cuando convierten el diagnóstico en un destino y no en el punto de partida para la transformación. Tal vez el sistema de salud colombiano no sea un paciente sin diagnóstico. Tal vez sea un paciente que lleva demasiado tiempo esperando que alguien tenga el coraje de iniciar el tratamiento.

Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.

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