Una prueba de orina para cáncer urotelial, basada en la identificación de patrones de metilación del ADN, alcanzó una sensibilidad de 90,8 % y una especificidad de 93,2 % en una cohorte multicéntrica de validación. El estudio publicado en JAMA Network Open incluyó en total a 2.307 participantes y evaluó la utilidad de esta estrategia tanto para la detección de la enfermedad como para la vigilancia después de una intervención quirúrgica.
La investigación fue desarrollada en tres centros médicos terciarios de China y analizó muestras recolectadas entre diciembre de 2021 y junio de 2025. Los investigadores evaluaron una prueba no invasiva que identifica modificaciones epigenéticas en ADN presente en la orina mediante una técnica de reacción en cadena de la polimerasa específica para metilación. El objetivo fue determinar si estas señales podían contribuir a identificar carcinoma urotelial y a vigilar posibles recurrencias después de la cirugía.
Prueba de orina para cáncer urotelial fue evaluada en 2.307 participantes
El estudio estuvo organizado en tres grupos. Una cohorte de entrenamiento incluyó a 643 participantes, mientras que la cohorte multicéntrica utilizada para validar el desempeño de la prueba reunió a 1.620 personas. Adicionalmente, 44 pacientes con carcinoma urotelial hicieron parte de una cohorte prospectiva de vigilancia longitudinal después del tratamiento.
La prueba analiza la metilación de dos marcadores, AL021918.2 y VIM, a partir del ADN urinario. La metilación corresponde a una modificación química del ADN que puede alterar la actividad de determinados genes y cuyos patrones pueden cambiar durante el desarrollo de distintos tipos de cáncer.
En la cohorte de entrenamiento, el ensayo alcanzó una sensibilidad global de 91,2 % y una especificidad de 90,0 %. Cuando fue evaluado posteriormente en la cohorte multicéntrica de validación, los resultados se mantuvieron en niveles similares, con una sensibilidad de 90,8 % y una especificidad de 93,2 %.
Sensibilidad superó el 90 % en la cohorte multicéntrica
La sensibilidad indica la proporción de personas con la enfermedad que son correctamente identificadas por una prueba diagnóstica, mientras que la especificidad representa la capacidad de clasificar correctamente a quienes no presentan la enfermedad.
El desempeño, sin embargo, varió de acuerdo con algunas características tumorales. En la cohorte de validación, la sensibilidad fue de 84,3 % para tumores en estadio Ta y de 82,5 % en carcinomas de bajo grado. En los tumores de alto grado llegó a 96,1 %, mientras que en aquellos clasificados entre T2 y T4 alcanzó 98,4 %.
Los investigadores también compararon el ensayo con la citología urinaria y la hibridación fluorescente in situ, conocida como FISH. De acuerdo con los resultados publicados, la prueba de metilación presentó una mayor sensibilidad, mientras mantuvo una especificidad comparable frente a estas estrategias diagnósticas.
Estos resultados no significan que el ensayo sustituya actualmente las herramientas empleadas para confirmar o vigilar el carcinoma urotelial. El estudio plantea su posible utilización como una estrategia complementaria y no invasiva que deberá ser evaluada dentro de las rutas diagnósticas existentes.
El ADN presente en la orina ofrece una vía no invasiva de evaluación
El carcinoma urotelial puede originarse en diferentes zonas recubiertas por urotelio, incluida la vejiga, los uréteres y la pelvis renal. Esta característica permite que células y material genético relacionado con el tumor lleguen a la orina y puedan utilizarse como fuente de biomarcadores.
En este caso, los investigadores no buscaron directamente células tumorales, sino modificaciones de metilación en regiones específicas del ADN. La combinación de los dos marcadores evaluados mostró un mejor rendimiento diagnóstico que el uso individual de cada uno.
El desarrollo se suma a otras investigaciones que buscan ampliar las posibilidades de detección del cáncer mediante nuevas herramientas diagnósticas. Recientemente, CONSULTORSALUD informó sobre un estudio en el que una inteligencia artificial detectó cáncer de esófago en tomografías sin contraste y fue validada en más de 80.000 pacientes, otra aproximación orientada a identificar señales de malignidad a partir de información obtenida mediante métodos menos dirigidos al diagnóstico inicial del tumor.
Entre los participantes de la cohorte de validación con carcinoma localizado en la vejiga, la sensibilidad fue de 88,9 %. Para los tumores del uréter alcanzó 92,0 % y para los localizados en la pelvis renal fue de 96,8 %, aunque el número de pacientes fue diferente entre cada uno de estos grupos.
La vigilancia posoperatoria mostró señales antes de la confirmación clínica
Además del diagnóstico inicial, el estudio exploró la utilidad potencial del ensayo para el seguimiento después de la cirugía. Entre 32 pacientes que habían presentado un resultado positivo antes de la intervención, 30 tuvieron resultados negativos posteriormente, equivalentes al 93,8 %.
La cohorte prospectiva de vigilancia incluyó a 44 pacientes y tuvo una mediana de seguimiento de seis meses. Durante ese periodo se documentaron nueve recurrencias. La prueba de metilación identificó las nueve y las señales asociadas con recurrencia aparecieron con una mediana de 4,5 meses de anticipación respecto a la confirmación clínica, con un rango intercuartílico de 1,5 a 5,5 meses.
Entre los 35 pacientes en quienes no se confirmó una recurrencia, el ensayo permaneció negativo en 29, equivalentes al 82,9 %. Debido al reducido número de eventos observados en este componente del estudio, estos resultados deben interpretarse como evidencia inicial y requieren validación en cohortes de seguimiento más amplias.
¿Podría una prueba de orina complementar la vigilancia del cáncer urotelial?
Los resultados abren la posibilidad de utilizar biomarcadores urinarios como complemento de las estrategias actuales de vigilancia. Una prueba no invasiva podría aportar información adicional en pacientes que requieren controles periódicos después del tratamiento, especialmente si permite identificar señales moleculares antes de que la recurrencia sea confirmada mediante los métodos clínicos habituales.
Sin embargo, detectar una alteración molecular de manera anticipada no demuestra por sí mismo que modificar el momento del diagnóstico produzca mejores resultados clínicos. Será necesario establecer cómo deberían interpretarse los resultados positivos, qué pacientes obtendrían mayor beneficio y de qué manera podría integrarse la prueba con los procedimientos actualmente utilizados.
Los autores señalaron que el ensayo podría funcionar como una herramienta complementaria para el diagnóstico del carcinoma urotelial y la vigilancia posoperatoria, en lugar de plantearlo como reemplazo directo de las pruebas existentes.
¿Qué falta demostrar antes de incorporar esta prueba a la práctica clínica?
Aunque el estudio incluyó una cohorte multicéntrica amplia para validar el diagnóstico, la evaluación de recurrencia se realizó sobre un grupo considerablemente menor. La vigilancia longitudinal incluyó solo 44 pacientes y nueve recurrencias, por lo que será necesario confirmar este comportamiento en poblaciones más numerosas y con periodos de seguimiento más largos.
También deberá determinarse el rendimiento de la prueba en diferentes poblaciones, escenarios asistenciales y niveles de riesgo, así como su comportamiento según estadio y grado tumoral. Otros aspectos pendientes son la frecuencia óptima de realización, las consecuencias clínicas de los resultados falsos positivos y falsos negativos y su posible costo-efectividad frente a las estrategias actuales.
El estudio publicado en JAMA Network Open aporta evidencia sobre el potencial de la metilación del ADN urinario como biomarcador no invasivo del cáncer urotelial. Sus resultados muestran un elevado rendimiento diagnóstico en la cohorte de validación y una señal prometedora para la vigilancia de recurrencias, aunque la utilidad clínica de esa detección anticipada todavía deberá establecerse mediante estudios adicionales.


