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LA TAN TEMIDA CITA ODONTOLOGICA

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Sentado en la sala de espera de la pequeña clinica en el norte de Bogotá, dejaba fluir todos los miedos acumulados, tras las experiencias previas de una cita odontológica.

Era sábado y me habían citado a primera hora de la mañana, porque el cirujano maxilofacial, solo podía acudir a esa hora… Si el cirujano.

La tarde anterior, en ese mismo lugar, había asistido a una cita no planeada, pues como suele ocurrir en estos casos, percibí que algo no andaba bien con un diente, muy a pesar que no tenida ningún tipo de dolor. La odontóloga que me había atendido muchos meses atrás, no estaba, y en su reemplazo una profesional muy amable me indicó que ella se iba a hacer cargo de mi problem

Es bastante usual, que en este tipo de atenciones sanitarias, en donde los pacientes estamos tan indefensos y nerviosos como en un avión en vuelo que atraviesa una turbulencia,nos aferremos al único brazo que tiene el sillón odontológico, que por supuesto, ya se encuentra aflojado, por la fuerza sobre natural que sobre él, depositamos todos, los que no encontramos ninguna gracia en el sonido de la fresa. Me acosté, cerré los ojos disimulando mi miedo, y deslicé lentamente mi mano hasta asirme del brazo del sillón, el cual encontré firme, en franca actitud de respaldo a mi precaria circunstancia.

Me dispuse a acomodarme lo más tranquilo que fuera posible, y en mi interior, suplicaba mentalmente, que la odontóloga fuera caritativa, y tocara todo tipo de temas, como el caso del magistrado pretelt, o la cercana coronación de Colombia como campeón mundial de futbol sala, o el despilfarro de dinero por cuenta de las consultas internas de los partidos, incluso esperaba animándome, que llegase a estar interesada en la erupción del volcán calbuco en la Patagonia chilena, que nos había maravillado a mí y mi familia meses atrás, pero no. Ella estaba concentrada en la pieza dental, y la aparición de una fractura indeterminada, y por cuyo faltante preguntó, y del cual yo no supe dar explicación alguna, pese a intentar repasar los menús de las últimas 48 horas.

Décadas atrás, cuando los avances médicos y odontológicos distaban mucho de lo que encontramos hoy, en la niñez transcurrida en mi natal ciudad de Popayán, el único remedio para un súbito dolor de muela, era acudir a la monopólica, oscura y amedrentadora clinica, que disponía de personal apropiado para ofrecer el “manejo integral”, que lógicamente consistía en una extracción por demás sobra decir que dolorosa, amén de inapropiada, pues instaurado el terror al odontólogo, controlado el abundante sangrado, y salvado el dolor, el resto de piezas dentales comenzaba un extraño movimiento incontrolado, que terminaba por arruinar la mordida y hasta a veces, la sonrisa de muchos.

Con los años, y una vez en ejercicio de mi profesión médica, trabajaba en un pueblo cercano a las faldas de un frio volcán colombiano, y desarrollaba actividades extramurales en compañía de un odontólogo de quien me hice buen amigo. Era curioso encontrar como frente a mi consultorio, había una enorme fila de mujeres, hombres y niños esperando por mis servicios de fin de semana, y en cambio, frente al consultorio del odontólogo, nadie parecía interesarse.

Un par de semanas después, decididos a develar el misterio, le preguntamos a la auxiliar del centro de salud, si conocía lo que estaba ocurriendo; ella, sin inmutarse demasiado, nos indicó que en el pueblo trabajaba desde hace muchos años un “dentista”.

Le propuse a mi amigo odontólogo, envestido de la autoridad sanitaria que me otorgaba el cartón universitario, que fuéramos a revisar la calidad del trabajo de este desconocido colega de profesión, a quien los aldeanos preferían de lejos, por sobre los títulos nobiliarios de mi hasta ahora desocupado amigo odontólogo.

No fue difícil encontrar el lugar donde prestaba sus servicios el “dentista”, pues la fila de clientes, era incluso más larga que la mía, y la gente entre resignada y entusiasmada, esperaba su turno.

Decidí golpear a la puerta de una desvencijada casucha, y anunciar mi presencia, pidiendo permiso para ingresar y entrevistarlo. Al principio no hubo respuesta, pero luego del centro de una habitación que se alumbraba naturalmente de algunos escasos rayos de sol, que entraban por una ventana lateral, que servía de mirador para los chicos del pueblo, llegó un eco de autorización: sigan pues.

Sin ningún tipo de protocolo aséptico, un hombre mayor, sudoroso, parado junto a un asiento de madera, en donde yacía con la boca abierta “el paciente”, nuestra competencia nos invitó a “observar” su labor.

Fascinados mi amigo y yo, guardamos silencio, mientras el dentista contaba sus aventuras por los pueblos del cauca y del Huila desde hacía 20 años, al tiempo que con una habilidad propia de los “dentistas de pueblo”, manipulaba una especie de alicate, con el que ejercía una poderosa y dolorosa fuerza en el paciente, que claramente no tenía ningún tipo de anestesia, y en menos de cinco minutos lo libró frente a nuestros incrédulos ojos, de tres piezas dentales totalmente carcomidas por la caries rural, que se acumularon en el plato que ya daba muestras de desbordarse. El dentista exhibió una sonrisa triunfante, y con la satisfacción del deber cumplido, nos pidió retirarnos, pues había muchos clientes para atender, y nuestra presencia podría espantarlos.

Esos recuerdos se acumulaban en mi mente, cuando la odontóloga revisaba mi diente fracturado, y comenzaba su rehabilitación, que para ser honesto, no me había molestado en lo más mínimo, salvo alguna que otra frase que duplicaba la fuerza que yo ejercía sobre el brazo del sillón; fue hasta que casi estaba todo listo para terminar la sesión, cuando pronunció las palabras mágicas… veamos qué pasa con el diente de al lado…

El sudor me delataba, ella (la odontóloga), no sabía qué hacer con esa pieza vecina, y pidió una “segunda opinión”; Llegó sin dilación un colega especialista en endodoncia, que realizaba un procedimiento en otra unidad cercana, y con el ceño fruncido producto de la concentración y mirando a lo más profundo de mi boca sentenció: ese diente hay que sacarlo, porque no es funcional. Que tal ha? Yo con ese diente no funcional con tantos años en mi boca, ese diente que me acompañó a mis mejores cenas, ahora, y sin tener la culpa, había sido hallado culpable de no ser funcional, y condenado a una exodoncia al día siguiente. Ellos muy amables, me trataban de tranquilizar y explicar que hace muchos años, me habían retirado la pieza dental inferior, y que el diente en cuestión, no tenía oposición alguna (a diferencia de nuestro presidente), y solo había estado de adorno en mi boca todo ese tiempo.

Si hubiera podido llorar, lo habría hecho, pero con mi boca totalmente abierta y anestesiada, fui incapaz de oponerme y acepté resignado, y dispuesto a aprovechar la noche para cobrar valor y enfrentar al cirujano al día siguiente.

Las últimas palabras que le escuché a la odontóloga, antes de abandonar el consultorio fueron, no se preocupe, que eso no demora más de 20 minutos, y me aferré a esas dulces y consoladoras palabras toda la noche.

Me levanté muy temprano, tomé mi último desayuno con el diente sentenciado, y salí hacia la clinica a la cual llegué muy puntual.

Me senté en la sala de espera, y escuche cuando la alarma de la entrada a la clínica anunciaba el paso de alguna persona: el cirujano había llegado a tiempo, no se había quedado dormido, no se le había pinchado el auto, no. Ahí estaba, vestido con una pijama azul, muy sonriente, y comentando algo desconcertado, sobre el fraude que muchos profesionales de la salud, habían realizado a las fuerzas militares, otro de esos carteles que la prensa y la radio promueven por ocho días, antes que otro escándalo lo releve de los titulares.

Pronunció mi nombre, extendió su mano, me invitó a firmar el consentimiento informado, y más rápido de lo que hubiera querido, ya estaba recostado en el sillón esperando el tratamiento.

Sin demoras preparó dos cárpulas repletas de anestesia, y en menos de dos minutos, mi boca había entrado en un profundo y delicioso sueño matinal. Me pidió que abriera la boca y de reojo antes de cerrar compulsivamente los ojos, pude ver como acercaba dos herramientas delgadas, que afortunadamente no se parecían a los alicates del “dentista”.

No habían pasado diez minutos, es cierto, no habían pasado diez minutos, cuando me pidió que abriera los ojos, y vi una inofensiva gasa entrando al espacio que había ocupado por años mi diente; así era, el diente ya no estaba, no me había dolido, no se había demorado, no me habían puesto la rodilla en el pecho, no me amenazado con procedimientos complejos y largos; no, todo había concluido en menos de diez minutos, y yo sorprendido, emocionado y agradecido, mire a los ojos al mejor cirujano maxilofacial que tiene este país.

Me sentí abrumado por mis pensamiento pesimistas del día y la noche anterior, y sin parar de agradecer su magistral procedimiento, le indagué: cómo es posible que haya resultado tan fácil, y el, sin rubor alguno, y con la tranquilidad que da la experiencia y la pericia, respondió: todo está en la técnica.

Salí brincando de la clinica, me subí raudo en mi camioneta, y envié un conmovedor y tranquilizador mensaje a mi familia, y me dispuse a escribir sobre esta fabulosa experiencia odontológica. Por fin puedo enterrar los recuerdos que los “dentistas” habían grabado en mis más hondos recuerdos.

PD 1: El Cirujano Maxilofacial es el Dr. Mauricio Montoya y trabaja en el Hospital Militar… pero es de los buenos, se los puedo garantizar ( [email protected] ). La clinica odontológica es Ferdent (2741118).

PD 2: Mi amigo odontólogo no se achantó, y superó el trauma que la ocasionó el dentista, y hoy es un renombrado endodoncista, y su cola de pacientes es ya casi tan larga, como la del legendario muelólogo.

 

CARLOS FELIPE MUÑOZ PAREDES

CEO & FUNDADOR

CONSULTORSALUD

[email protected]

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Lograr más con menos

Pareto pensaba en un modelo de equilibrio general, y al hablar de economía lo sintetizó como la suma de un mercado, agentes tomadores de precios y cierto número de consumidores.

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Lograr más con menos

Hace cincuenta (50) años entraba yo corriendo a la casa de mi abuela Paula Hurtado, ubicada en el barrio El empedrado, luego de bajarme del bus del colegio Champagnat que me traía de regreso cada tarde, tras una doble jornada académica y deportivo-cultural que, para mí, fue siempre extraordinaria.

Vivíamos allí, amablemente refugiados con mis padres y mis hermanos, y, bajo el cariño y la dotación inagotable de ella desde que mi papá había sido despedido de su empleo como funcionario público, por asuntos de política partidista, tan en boga en aquellos tiempos (…y ahora).

Me esperaban, cómodamente sentadas en sus sillas de hule verde –además de la anfitriona-, mi mamá y mi tía, un delicioso y humeante café negro servido acompañado muchas veces con hojaldras; cuando no, rosquillas que tanto extraño, para un enfrentamiento sin fin entre nuestras muy entrenadas fichas de parqués, en esas soleadas y tranquilas tardes de mi inolvidable Popayán, antes del terremoto.

Las conversaciones eran poco variadas pero interesantes para un niño de mi edad, ávido de historias que iluminaran mi pequeño mundo de aquel entonces. La que hoy sirve de antesala a esta narrativa, trataba de un hombre muy rico (distinguido por mi abuela), a quien las personas le iban a pedir prestado dinero. Su forma inusual de hacerlo consistía en coger un mate (sí, de esos en que se sirve el manjar blanco) y llenarlo hasta el borde con monedas que guardaba en un gran cofre, y, que debía ser devuelto en el tiempo convenido de la misma manera.

Yo no entendía claramente el mensaje ni el asombro de mi abuela, porque la concentración de la riqueza, entretejida en el diálogo, no estaría incluida en mis reflexiones hasta muchos años después cuando me encontré con Pareto.

Corría 1906, y un parisino, Don Wilfried Fritz Pareto hizo la famosa observación -que luego hemos denominado la ley de los pocos vitales, el principio del 80/20 o simple y angustiosamente, la Ley de Pareto- que describe el fenómeno estadístico por el que, en cualquier población que contribuye a un efecto común, es una proporción pequeña la que contribuye a la mayor parte del efecto.

Es aplicable a casi todos los perfiles y actividades humanas. Veamos algunos ejemplos:

  • El 20% de los vendedores producen el 80% de las ventas.
  • El 80% de las ventas corresponden a ventas del 20% de los productos.
  • El 80% de los gastos de una empresa se centran en el 20% de las partidas de gastos.
  • El 80% de las quejas de nuestros clientes recaen sobre el 20% de nuestros productos.
  • El 80% de nuestros nuevos clientes son captados por el 20% de nuestras campañas publicitarias.
  • El 20% de la población atesora el 80% de los recursos de un país.

En el sistema de salud colombiano, la mencionada ley parece en ocasiones quedarse corta:

  • El 1,8% de las IPS que reportaron datos, facturan el 50% de todos los recursos ingresados.
  • Seis (6) EPS reciben el 50% de todos los recursos del aseguramiento (son 42 EOC que reportaron datos en 2019).
  • El 48% de la cartera reportada por las IPS en 2019 ($18,2 billones), se concentra en 3 Entes Territoriales (Antioquia, Bogotá D.C. y Valle del Cauca), y en pocas IPS que operan en varios departamentos (de los 34 que están en operación).
  • El 41% de los casos confirmados de Covid-19 se diagnosticaron en solo 2 territorios: Bogotá D.C. y Antioquia.

Pareto pensaba en un modelo de equilibrio general, y al hablar de economía lo sintetizó como la suma de un mercado, agentes tomadores de precios y cierto número de consumidores.

Casi ochenta años después, el gran reformador de nuestro sistema de salud (que no es Álvaro Uribe Vélez). Un intrépido joven bogotano, economista y político, el Dr. Juan Luis Londoño de la Cuesta, quien promovió grandes cambios en las políticas públicas y de desarrollo social, salud, educación, pobreza y trabajo.

Fue él, quien en compañía de Julio Frenk acuñaron el término “pluralismo estructurado”, que buscó superar las problemáticas estructurales que se presentan en los sistemas de salud en cuanto a financiación y prestación de los servicios.

El pluralismo estructurado parte de la necesidad de evaluar tanto el carácter poblacional, como el institucional que rodea al sistema de salud (como variables macroeconómicas), para así considerar el contexto medio de los parámetros y las variables estructurales del pluralismo con la articulación, la financiación, la modulación y la prestación, vinculadas entre sí.

Debo decir que frutos privilegiados de su inagotable vitalidad y visión fueron las Empresas Solidarias de Salud (ESS), una genialidad estrategia (demasiado temprana para su tiempo) que desató una ola nacional irrefrenable de acceso territorial nunca visto, y que fue, a su vez, la cuota inicial de la cobertura universal que hoy disfrutamos los colombianos.

Hablo de la cobertura universal como un hecho, porque su brecha existente hoy en día, no deriva de los instrumentos reglamentarios ni del financiamiento establecido, sino del inapropiado uso que hace esa parte marginal de la población de este derecho fundamental. 

Pero, es hora de dejar atrás el pluralismo estructurado. Es preciso anclar en el pasado al mercado imperfecto de la salud, autorregulado por la oferta y la demanda. Ahora es el momento de observar con detenimiento el nuevo mundo y su economía en permanente proceso de adaptación, que se caracteriza al menos por tres componentes claves: 1. el conocimiento y la información son la base de la producción, la productividad y la competitividad; 2. el internet es su forma de organizarse, 3. estamos en una economía global interdependiente que gestiona y produce bienes y servicios.

Los cimientos típicos de la salud están siendo removidos por este tsunami de transformación, catalizado por la pandemia de Covid-19, que inyectó combustible al cambio.

Los grandes hospitales dejarán de ser el epicentro del acontecer sanitario. Estos atributos pasarán rápidamente a la gestión ambulatoria y al cuidado en casa.

La relación médico-paciente está siendo abstraída por nuevas conversaciones digitales que la hacen menos frecuente, más resolutiva y costo/eficiente.

La industria farmacéutica ha entendido que su nuevo rol está cada vez más lejos del de proveedor de fármacos, y, más cerca de convertirse en un agente sectorial vital, activo y presente en el nuevo diálogo de saberes multilateral; en donde participan también los pacientes, las aseguradoras, los prestadores y los dispensadores finales, desatando reformas estratégicas y tácticas a las maneras tradicionales de contratar, autorizar, dispensar y pagar estas tecnologías -llegando a la entrega domiciliaria de los medicamentos y a la exploración cada vez más frecuente del uso de drones para mejorar el acceso-.

Los pacientes están dejando también su estereotipo tradicional de ciudadano vulnerable, para convertirse en otro actor relevante al momento de definir el posicionamiento terapéutico de las moléculas que usan, en la realización de cada vez más estudios clínicos locales, en la gobernanza frente a sus derechos y planes de beneficios y la forma y el monto a pagar por los mecanismos antirebosamiento. Esto nos dejan ver las metodologías PROMS y PREMS que hemos mostrado recientemente en el XV Congreso Nacional de Salud.

El pluralismo estructurado falló en garantizar la sostenibilidad del sistema. Sus tiempos extendidos se enfrentan ahora a desafíos que, para la época no eran tan visibles, como el envejecimiento poblacional y una virtuosa ideación humana vuelta innovación tecnológica, que presiona para bien la recuperación de la salud y se convierte al mismo tiempo en la espada de Damocles para su sostenibilidad en el tiempo.

Encontrar el equilibrio entre lo que quiero y puedo pagar como nación, traerá desde ya increíbles debates que deberán resolverse dentro de una nueva lógica que involucre mayor educación sanitaria a todos los convivientes nacionales, mayor transparencia en el manejo de los datos clínicos, y un cuidado exhaustivo sobre los resultados positivos y negativos que las tecnologías por incorporar pueden traer a sus usuarios. Todo ello sin dejar atrás la calidad de su manufactura y el margen de utilidad al que tienen derecho por su innovación los investigadores.

La era de la lucha contra la pobreza parece también estar llegando a su fin, y los organismos multilaterales apuntan la diana a un nuevo blanco, que se me antoja de mejor proyección, aunque también más ambicioso y difícil: la formación de capital humano, de empleo, y una nueva educación para el trabajo.

Podría ser este, otro de esos grandes momentos de la historia humana, en donde se tome esa gran decisión de entregar cada vez menos subsidios, nos concentremos en la tarea meritoria de educar apropiadamente a los futuros emprendedores, trabajadores y empresarios, y apropiemos recursos para diseñar juntos los empleos del futuro.

Solo espero que la pandemia no sea creadora de tanta miseria humana mundial, como para reevaluar este indispensable paso.

Y claro, ese anhelante futuro está lleno de tecnologías, de avances increíbles que vamos incorporando ahora con una naturalidad pasmosa y que pronto transformarán al planeta entero, desde la forma de alimentarnos, de vestir, de obtener electricidad para nuestros hogares e incluso la manera misma de fabricarlos.

La tecnología sectorial nos llega empaquetada en forma de telemedicina, de robótica, de nanotecnología, de inmunología avanzada, de medicina personalizada, de biomarcadores genéticos, de algoritmos diagnósticos y de prescripción, de mecanismos interoperables, de big data acumulada y analizada desde granjas gigantescas de servidores virtuales, donde acumulamos nuestro conocimiento, experiencias y las decisiones que adoptamos como raza y como agentes sanitarios.

El mundo ya no es el de mi abuela. Tampoco parece ser ya, el mundo en el que crecí y estudié medicina. El mundo es otro, más desafiante, más rápido, por momentos más indolente y aunque violento y lleno de inequidad y pobreza, menos que en otras duras épocas que ya vivieron y superaron previas y valientes generaciones.

Volvamos a Pareto porque creo que es un buen momento para buscar lograr más con menos, y como este artículo ya se extendió más allá de lo adecuado, les propongo lo siguiente:

  1. Comienza con realizar una lista de tus actividades para cada día. Aquí escoge y termina el 20% que sean las fundamentales, no las urgentes.
  2. Prioriza y atiende el 20% de tus clientes que generen el 80% de tus ingresos.
  3. Dedica el 80% de tu tiempo a las actividades claves. Delega todo lo delegable.
  4. Dedica el 80% de tu tiempo libre a aprender algo nuevo que impulse tu productividad
  5.  (lee un maravilloso libro, escucha un podcast, mira un video inspirador o educativo en YouTube, comparte tiempo de calidad con tu familia)
  6. Utiliza el 20% o menos de tu tiempo libre a esos ladrones que consumen además tu energía vital y no aportan nada relevante (redes sociales, televisión, email).

Para terminar, levantémonos con gratitud en el corazón cada nuevo día, por el maravilloso –y en ocasiones poco apreciado- regalo de la vida. Llevemos erguida la cabeza al caminar, alejemos la queja y la culpa que pueda haber dejado en nosotros, nuestras familias y empresas el -ahora inexistente- pasado, e iniciemos el camino por una nueva senda, que debe ser explorada, conquistada y disfrutada con respeto por el planeta y nuestros semejantes.

Esto es parte de nuestra misión, lo tenemos dentro del ADN con el que fuimos programados. Depende de nuestra actitud, nuestras convicciones, del uso de los dones que precargaron nuestros padres y sus ancestros, de la voluntad inquebrantable que nos permitirá entregar –en su momento apropiado–, el testimonio a los jóvenes que ya comparten nuestra cosecha y empujan y siembran hacia sus propios espacios.

Estoy seguro que no seremos inferiores al reto. Que nos adaptaremos, que responderemos a los desafíos con creatividad, con innovación, con alegría, con fe; que nos levantaremos cuando haya necesidad y que extenderemos la mano a quien lo necesite, replicando la maravillosa ayuda que muchos ya recibimos en su debido momento.

NO es momento de grandes gestas individuales. Este es otro glorioso instante para la solidaridad y la compasión humana.

No miren para atrás porque allí ya no estoy, búsquenme junto a ustedes unos pasos más adelante, porque es hora de avanzar.

PD: Gracias abuela por tu generosidad. Te llevo siempre en mi corazón.

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