Cuidar la salud de otros suele asumirse como una vocación que exige entrega permanente, pero pocas veces hablamos de los costos emocionales que implica esta responsabilidad para quienes trabajan en el sector de la salud. En primer lugar, es importante entender que la salud mental de médicos, enfermeros y demás profesionales no depende únicamente de factores individuales, sino que está también condicionada por el entorno en el que ejercen su labor.
La sobrecarga asistencial, la presión por cumplir con tiempos cada vez más limitados, las largas jornadas, los turnos rotativos, la falta de apoyo institucional y las deficiencias en la organización del trabajo, son un escenario que favorece la aparición de estrés crónico, burnout, agotamiento profesional y fatiga, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).
A todo esto, se suman elementos menos visibles, pero igualmente determinantes: la creciente presión médico-legar y la exigencia implícita de proyectar una imagen de infalibilidad frente a una realidad clínica que hoy en día está marcada por la incertidumbre. Por eso, proteger la salud mental del talento humano en salud deja de ser una necesidad individual para convertirse en una responsabilidad colectiva e institucional.
Burnout, fatiga por compasión y otros riesgos emocionales
En el plano psicológico, hay una continua postergación de las necesidades personales en función de la urgencia del otro. Este mandato de “autosacrificio” no solamente agota los recursos adaptativos del individuo, sino que fragiliza sus redes de apoyo personales y familiares, dejándolo con escasos de contención y elaboración de sus propias experiencias emocionales.
A ellos se suma la extensión de jornadas y turnos nocturnos que, cuando se prolongan de manera excesiva, alteran de manera directa el bienestar emocional, la neurobiología del descanso y los ritmos circadianos. En el personal sanitario, estas alteraciones se han asociado con fatiga, dificultades en la atención y la memoria, tiempos de reacción más lentos y un peor desempeño laboral. Esta relación ha sido documentada recientemente por Nuako, Frimpong y Dang-Vu (2026), quienes identificaron una asociación consistente entre el trabajo por turnos, la alteración del sueño y el deterioro del desempeño cognitivo y laboral en profesionales de la salud.
Desde la perspectiva emocional, esta sobrecarga deriva en el síndrome de burnout, manifestado a través del agotamiento físico y emocional, así como de la sensación de ineficacia profesional. Esto permite comprender que, cuando el cuerpo y la mente se ven forzados a operar al límite de manera permanente, emergen con alta prevalencia trastornos depresivos, trastornos de ansiedad generalizada y una irritabilidad que puede afectar los vínculos sociales de las personas.
La exposición constante al dolor, a la enfermedad y a la muerte, mediada por el contacto permanente con el sufrimiento humano, genera lo que en psicología clínica denominamos como “desgaste por empatía” o “fatiga por compasión”. Enfrentar de manera sistemática la muerte, el duelo ajeno y la angustia de los familiares por el paciente puede tener un costo emocional acumulativo, especialmente cuando los profesionales cuentan con poco tiempo, apoyo o espacios para procesar las experiencias difíciles de su trabajo.
Asimismo, la interacción permanente con situaciones de sufrimiento, enfermedad, muerte y, en determinados contextos, a experiencias traumáticas de los pacientes, puede contribuir al desgaste emocional. Cabe aclarar que el burnout, el estrés traumático secundario, el trauma vicario y la fatiga por compasión, son conceptos relacionados, pero no equivalentes (Henderson y Jewell, 2025).
Esta comprensión también encuentra respaldo en investigaciones desarrolladas al interior de la academia colombiana. Una revisión documental realizada por la docente investigadora del Politécnico Grancolombiano, Mónica María Quiroz, concluyó que la vulnerabilidad frente a los riesgos laborales no depende únicamente de la exposición a los peligros presentes en el trabajo, sino de la interacción entre factores individuales, sociales y organizacionales.
Variables como la edad, el estado de salud, las redes de apoyo, las condiciones socioeconómicas y las características del entorno laboral pueden aumentar o disminuir la susceptibilidad de los trabajadores frente a distintos eventos adversos. Esta perspectiva resulta especialmente relevante para comprender la salud mental del personal sanitario, pues pone de manifiesto que el agotamiento emocional y psicológico no se explica únicamente por las exigencias de la profesión, sino también por las condiciones particulares que cada profesional enfrenta.
La despersonalización como respuesta al desgaste profesional
Para sobrevivir funcionalmente en este escenario, muchos profesionales recurren a lo que, en el contexto del burnout, suele describirse como despersonalización o cinismo. Aunque cierto distanciamiento puede funcionar de manera temporal como una forma de protegerse del agotamiento emocional, cuando se vuelve persistente termina por deteriorar la empatía, la relación con los pacientes y el bienestar del propio profesional.
Parte de la discusión radica en que a muchos profesionales de la salud les cuesta reconocer que necesitan apoyo psicológico. En este sentido, resulta importante señalar que la formación en salud ha estado históricamente marcada por un ideal de omnipotencia. El clínico es educado para intervenir sobre la enfermedad del otro, pero no necesariamente para ponerse en el lugar de quien también necesita cuidado. Como consecuencia, que pedir ayuda psicológica se vea como una grieta en su idoneidad, o una confesión difícil de admitir de fragilidad técnica y moral.
A esta identidad profesional se le suman el estigma gremial y el temor a consecuencias laborales, así como a perder la credibilidad ante sus colegas. Así se configura una paradoja dolorosa: quienes diagnostican y prescriben bienestar para los demás, pueden estar evitando un espacio terapéutico propio, refugiándose en el silencio hasta que el síntoma irrumpe como una crisis aguda o un colapso somático.
Este colapso subjetivo afecta de manera directa la calidad de vida del personal médico o clínico. Ese agotamiento mental reduce significativamente la agudeza diagnóstica, ralentiza la toma de decisiones críticas y aumenta el riesgo de incidentes clínicos y de eventos adversos evitables, poniendo en riesgo indirecto la seguridad misma de los pacientes.
En este contexto, la despersonalización asociada al desgaste profesional transforma la relación terapéutica en un vínculo instrumental y deshumanizado. Esto puede llevar a que se fracture la escucha clínica empática, se deteriore la adherencia del paciente al tratamiento, e incrementar las quejas institucionales, lo cual puede privar al paciente de esa atención humana indispensable durante el proceso de enfermedad.
Del autocuidado individual a la responsabilidad institucional
Es necesario que las instituciones de salud dejen de concebir el autocuidado como una responsabilidad exclusivamente individual y empiecen a asumirlo como una política de gestión del riesgo psicosocial e institucional. Esto implica adoptar medidas concretas, como garantizar dotaciones de personal acordes con la demanda asistencial, regular turnos respetando los tiempos de descanso a nivel neurobiológico, y disponer espacios físicos protegidos para la pausa y la desconexión durante la jornada laboral.
En el orden clínico-asistencial, resulta igualmente indispensable institucionalizar espacios de apoyo y discusión de casos. Un buen ejemplo son los grupos de apoyo tipo Balint, donde los equipos pueden procesar la angustia, el error o situaciones de muerte, sin temor a una respuesta punitiva. La salud mental de los profesionales de la salud no puede seguir considerándose un privilegio ni un asunto secundario. Es una condición ética, humana y funcional para el ejercicio seguro de la profesión. Por eso, la Organización Mundial de la Salud ha insistido en la necesidad de abordar los riesgos psicosociales desde una perspectiva organizacional y no exclusivamente individual.
Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.
Referencias
- Henderson, A., & Jewell, T. (2025). Personal trauma history and secondary traumatic stress in mental health professionals: A systematic review. Journal of Psychiatric and Mental Health Nursing. https://doi.org/10.1111/jpm.13082
- Nuako, I., Frimpong, E., & Dang-Vu, T. T. (2026). Associations between sleep, cognitive function, and work performance among rotating shift and night-shift healthcare workers: A systematic review. Sleep Health. https://doi.org/10.1016/j.sleh.2026.07.013
- Quiroz Rubiano, M. (2026). Prevención con rostro humano: el impacto del perfil sociodemográfico en la prevención de riesgos laborales. Politécnico Grancolombiano.
- World Health Organization. (2018). Psycho-social risks and mental health.


