El consumo de cannabis se asocia con un riesgo 2,46 veces mayor de recibir posteriormente un diagnóstico de trastorno bipolar, según una revisión sistemática y metaanálisis publicada el 6 de octubre de 2026 en Journal of Affective Disorders. La investigación reunió 19 estudios longitudinales realizados en 11 países, con datos de 6.960.517 participantes, y encontró también una asociación entre esta sustancia y la aparición posterior de síntomas maníacos e hipomaníacos. Aunque los hallazgos identifican una relación estadísticamente significativa, los investigadores advierten que no permiten establecer una relación causal directa.
El estudio científico, liderado por Cecilia Sanjuan-Ortiz y Paula Querol, investigadoras vinculadas al King’s College London, examinó la aparición de trastornos del espectro bipolar en personas sin un diagnóstico previo de la enfermedad. Del total de participantes incluidos en la revisión, 67.992 habían estado expuestos al cannabis, según las diferentes definiciones utilizadas en los estudios originales.
Consumo de cannabis: riesgo de trastorno bipolar 2,46 veces mayor
El análisis específico sobre la aparición de trastorno bipolar incluyó ocho estudios y 206.572 participantes. Los resultados mostraron que quienes habían consumido cannabis presentaban un riesgo relativo de 2,46 frente a quienes no habían estado expuestos a la sustancia (RR = 2,46; intervalo de confianza del 95 %: 1,57-3,84; p < 0,0001).
Esta estimación representa un riesgo relativo 146 % mayor, aunque no significa que el 146 % de los consumidores desarrolle la enfermedad ni permite establecer cuántos casos adicionales se producirían en una población determinada. La magnitud de la asociación debe interpretarse considerando que los resultados combinados proceden de estimaciones no ajustadas por todos los posibles factores de confusión.
La exposición al cannabis se definió de distintas maneras en los estudios analizados. Algunas investigaciones evaluaron el consumo alguna vez en la vida, otras consideraron el uso frecuente y otras identificaron participantes con trastorno por consumo de cannabis. Pese a estas diferencias, el análisis de subgrupos no encontró variaciones estadísticamente significativas en la asociación según la definición de exposición.
Los investigadores tampoco identificaron diferencias significativas entre los grupos de estudios con edades promedio de 18 años o menos y aquellos con participantes de mayor edad. Sin embargo, el número limitado de investigaciones disponibles para estas comparaciones impide concluir que el riesgo sea equivalente en todas las etapas de la vida.
Síntomas maníacos e hipomaníacos: otra asociación relevante
Además del diagnóstico de trastorno bipolar, los autores analizaron por separado la aparición de síntomas maníacos o hipomaníacos, manifestaciones clínicas que no necesariamente constituyen por sí solas un diagnóstico de trastorno bipolar. En este segundo metaanálisis, que reunió seis estudios y 57.243 participantes, el consumo de cannabis se asoció con un riesgo relativo de 2,11 de presentar posteriormente estos síntomas (IC del 95 %: 1,07-4,18; p = 0,032).
No obstante, los resultados presentaron una elevada heterogeneidad estadística, con un índice I² del 90,5 %, lo que indica diferencias importantes entre las estimaciones de las investigaciones incluidas. Además, los análisis de sensibilidad mostraron que la asociación perdía significación estadística cuando se excluían determinados estudios, por lo que este resultado fue menos estable que el observado para el diagnóstico de trastorno bipolar.
En el caso del trastorno bipolar, la heterogeneidad también fue considerable (I² = 83,5 %), aunque la asociación permaneció estadísticamente significativa al excluir individualmente cada uno de los estudios del análisis.
Metodología: 19 investigaciones longitudinales y diferencias en el seguimiento
La revisión sistemática incluyó investigaciones identificadas en PubMed/MEDLINE y Web of Science hasta octubre de 2025. Los autores siguieron las recomendaciones PRISMA y MOOSE para revisiones sistemáticas y metaanálisis de estudios observacionales.
De los 19 estudios seleccionados, 13 reunieron los criterios necesarios para formar parte de los metaanálisis cuantitativos. Los análisis principales examinaron por separado el diagnóstico de trastorno bipolar y la aparición de síntomas maníacos o hipomaníacos, evitando combinar desenlaces clínicamente distintos en una misma estimación.
Las investigaciones procedían de 11 países, entre ellos Estados Unidos, Países Bajos, Brasil, Dinamarca, Suecia, Australia y Colombia. La calidad metodológica fue evaluada mediante la escala Newcastle-Ottawa, con puntuaciones de entre seis y nueve puntos, correspondientes a niveles moderados y altos de calidad.
Uno de los hallazgos adicionales estuvo relacionado con la duración del seguimiento. En los estudios que evaluaron la aparición de trastorno bipolar durante tres años o menos, la asociación con el consumo de cannabis fue mayor (RR = 3,34; IC del 95 %: 2,03-5,50). En cambio, cuando el seguimiento superó los tres años, el riesgo relativo estimado disminuyó a 1,50 (IC del 95 %: 0,95-2,37), sin alcanzar significación estadística en ese subgrupo.
La diferencia entre ambos grupos fue estadísticamente significativa, pero los autores señalaron que factores como el momento del diagnóstico, las características de las poblaciones y las diferencias metodológicas podrían influir en estos resultados. Por tanto, no es posible atribuir esa variación exclusivamente al tiempo transcurrido desde la exposición.
¿El consumo de cannabis puede causar directamente trastorno bipolar?
Aunque los resultados muestran que la exposición al cannabis precedió a los desenlaces registrados durante el seguimiento, la investigación no demuestra que su consumo sea una causa directa del trastorno bipolar. Los autores reconocieron que las estimaciones combinadas se calcularon mediante riesgos relativos no ajustados. Esta característica limita la posibilidad de controlar de manera uniforme variables como el consumo de tabaco, alcohol y otras sustancias, que podrían influir en la relación observada.
Otra limitación importante corresponde a la medición del consumo. Buena parte de las investigaciones utilizaron información autorreportada, sin disponer de datos homogéneos sobre la edad de inicio, la frecuencia de uso, la potencia del cannabis o las modificaciones en los patrones de consumo durante el seguimiento.
En consecuencia, el metaanálisis tampoco permitió determinar una relación dosis-respuesta ni establecer si una mayor exposición al tetrahidrocannabinol (THC) se relaciona con incrementos específicos del riesgo de trastorno bipolar.
La investigación considera además la posibilidad de causalidad inversa. Algunas personas con alteraciones afectivas tempranas, dificultades del sueño o síntomas previos al diagnóstico podrían comenzar a consumir cannabis o aumentar su consumo antes de que se identifique formalmente un trastorno psiquiátrico.
Esta incertidumbre adquiere relevancia clínica porque los síntomas iniciales del trastorno bipolar pueden confundirse con otras condiciones psiquiátricas, especialmente la depresión mayor. La complejidad de esta diferenciación diagnóstica también ha sido abordada por CONSULTORSALUD al informar sobre la investigación de biomarcadores sanguíneos para apoyar el diagnóstico del trastorno bipolar.
¿Qué implicaciones tiene este hallazgo para la prevención y la atención en salud mental?
Los resultados respaldan la conveniencia de incorporar la evaluación del consumo de cannabis dentro de la valoración clínica de adolescentes y adultos jóvenes que consultan por síntomas afectivos emergentes, particularmente cuando existen manifestaciones maníacas subclínicas, inestabilidad del estado de ánimo, episodios depresivos recurrentes o antecedentes familiares de trastorno bipolar.
Según los investigadores, el consumo de cannabis podría constituir un marcador clínicamente relevante para identificar personas que requieren seguimiento, sin que su presencia deba interpretarse como un predictor diagnóstico independiente o suficiente.
En los servicios de salud mental, esta consideración plantea la importancia de indagar por los patrones de consumo, evaluar posibles trastornos por uso de sustancias y mantener la vigilancia clínica cuando existan manifestaciones compatibles con alteraciones del espectro bipolar.
Desde la perspectiva de salud pública, los autores consideran justificadas las estrategias dirigidas a retrasar la edad de inicio del consumo y reducir el uso frecuente de cannabis, especialmente durante la adolescencia. También destacan la importancia de informar a pacientes y cuidadores sobre los riesgos potenciales y ofrecer intervenciones de reducción de daños y apoyo para disminuir o suspender el consumo cuando corresponda.
Sin embargo, la evidencia disponible todavía no permite establecer cómo varía esta asociación según la cantidad consumida, la potencia de los productos, la edad de exposición o la vulnerabilidad genética. Los autores plantean la necesidad de nuevas investigaciones longitudinales con mediciones más precisas, así como estudios que permitan distinguir los efectos potencialmente causales de los factores de riesgo compartidos.
El principal desafío para la práctica clínica consiste en reconocer la asociación identificada sin convertirla en una relación causal demostrada, mientras se fortalece la identificación temprana de síntomas afectivos y la evaluación del consumo de sustancias en poblaciones potencialmente vulnerables.


