En una facultad de salud podemos enseñar con rigor a reconocer una enfermedad, elegir un tratamiento y realizar un procedimiento, resulta más difícil responder otras preguntas. ¿En qué momento aprende un estudiante a explicar una decisión a una persona que tiene miedo? ¿Dónde practica la conversación con profesionales de otras disciplinas? ¿Cómo sabemos que puede reconocer lo que desconoce y pedir apoyo a tiempo?
Estas capacidades suelen aparecer en los perfiles de egreso de carreras del área de la salud, decimos que queremos profesionales éticos, capaces de comunicarse y de trabajar en equipo, sin embargo, escribirlo en un documento no garantiza que alguien lo aprenda. Para que forme parte del ejercicio profesional, cada capacidad necesita espacios de enseñanza, oportunidades para ponerse a prueba y acompañamiento para mejorar.
Pensemos en una consulta odontológica con una persona mayor, además de examinar su salud oral, el profesional puede necesitar comprender por qué ha dejado de alimentarse como antes, qué dificultades tiene para seguir las recomendaciones y si cuenta con alguien que la apoye en casa. Una respuesta adecuada requiere conocimiento profesional. También exige escuchar sin dar por hecho que todas las personas pueden cuidarse de la misma manera y reconocer cuándo es necesario conversar con otros integrantes del equipo de salud.
Ese aprendizaje difícilmente se logra en una sola clase, se construye cuando un estudiante observa cómo su docente habla con un paciente, cuando participa en una práctica con otras profesiones y cuando recibe comentarios sobre una decisión que tomó. Se fortalece al revisar la evidencia que la sustenta y al volver a intentarlo. Por eso, la manera en que enseñamos también comunica qué consideramos importante en el cuidado.
Esta reflexión orienta el Marco de Competencias Transversales y Resultados de Aprendizaje Esperados para los Profesionales de la Salud en Colombia, una publicación del equipo de Asociaciones Colombianas de Facultades del Área de la Salud, ACFAS, de la que soy coautora y editora. El trabajo reúne capacidades comunes a las profesiones de la salud y propone resultados de aprendizaje para ayudar a incorporarlas a la formación. Su construcción entre asociaciones de distintas disciplinas tiene un valor particular e invaluable, nos permitió examinar aquello que cada profesión necesita enseñar de manera particular y aquello que podemos aprender a enseñar juntas.
El marco aborda, entre otros asuntos, la comunicación, la colaboración interprofesional, el pensamiento crítico y el uso responsable de la tecnología, no propone que todas las carreras enseñen exactamente lo mismo ni que pierdan su identidad, ofrece una referencia para que cada institución, desde su autonomía y su contexto, se pregunte cómo prepara a sus estudiantes para atender a personas cuyas necesidades rara vez caben por completo en una sola especialidad.
Esa pregunta tiene consecuencias concretas para los programas, si esperamos que un futuro profesional sepa trabajar en equipo, debemos darle experiencias en las que necesite escuchar otros criterios y construir una decisión compartida. Si esperamos que se comunique con claridad, debemos observar cómo explica una recomendación y si la persona que la recibe pudo comprenderla. Y si esperamos que actúe con sentido crítico, debemos permitirle discutir la evidencia, sus límites y su pertinencia para una situación particular.
Evaluar estas capacidades requiere mirar el desempeño a lo largo del tiempo, un examen puede mostrar cuánto sabe un estudiante sobre un tema, pero una práctica supervisada o una simulación también permite ver cómo utiliza ese conocimiento, cómo se relaciona con los demás y qué hace cuando las condiciones cambian. La evaluación, entendida así, ofrece una oportunidad para aprender, ayuda a identificar lo que todavía necesita fortalecerse antes de asumir una mayor responsabilidad frente a los pacientes.
En odontología tenemos razones para tomarnos en serio esta tarea, una dificultad para comer puede estar relacionada con una condición de salud oral, pero entenderla exige escuchar a la persona, conocer sus hábitos, sus condiciones de vida y el significado que tiene la alimentación en su entorno familiar y cultural. Esta mirada biopsicosocial y cultural es parte del conocimiento clínico y de la atención integral, nos permite comprender por qué una recomendación puede ser adecuada desde el consultorio y, sin embargo, difícil de seguir en la vida cotidiana. Aprender a hacer esas preguntas y a reconocer cuándo necesitamos el aporte de otras disciplinas también forma parte de nuestra responsabilidad al formar odontólogos como parte de un equipo de salud.
De esta manera, el lanzamiento de este marco abre una conversación que corresponde continuar en las facultades del área de la salud, cada programa tendrá que revisar qué capacidades ya enseña, cuáles necesitan mayor atención y de qué manera puede observar su desarrollo en los estudiantes. Es un trabajo gradual que requiere la participación de docentes, escenarios de práctica y comunidades.
Formar buenos profesionales en salud, seguirá exigiendo profundidad en cada campo del conocimiento, pero también nos exige pensar con cuidado cómo aprenden a comunicarse, a decidir y a trabajar con otros. Lo que las facultades hagamos con esas preguntas llegará, tarde o temprano, a la vida de las personas que confían en sus profesionales de salud.
Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.


