Hay que seguir hablando de la crisis de la salud

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Por: German Escobar Morales – Secretario de Salud de Cali

Que el sistema de salud está en crisis, parece que nadie puede negarlo, ni siquiera el Gobierno que, a escasos cuatro meses de terminar, sigue culpando de todos sus problemas a los anteriores.  Hablar de ello, resulta algo repetitivo, casi un “lugar común,” sin embargo, sigue siendo imperativo por una sencilla razón: porque la gente está sufriendo y ¡sí! algunos están muriendo por falta de atención.  Todos los días, recibo casos y más casos de personas con diagnósticos de cáncer, esclerosis o eventos tan sencillos —para la medicina moderna— como colecistitis, que no reciben su quimioterapia, no consiguen una cita con un especialista, no obtienen su autorización de la EPS. La situación es tan dramática y — como lo explicaré más adelante— frustrante, que todos mis intentos por generar una suerte de priorización por el nivel de complejidad clínica o la vulnerabilidad socioeconómica, se ven superados por la cantidad abrumadora de casos que terminan siendo igualmente urgentes.

En el pasado he escrito columnas explicando “técnicamente” los problemas más estructurales del sistema, tanto históricos, como actuales, las cuales parece habérselas llevado el viento, sin embargo, lo que resulta realmente frustrante es que el país sencillamente perdió la capacidad de tener un debate con argumentos, hechos, evidencia, datos, casos, personas, caras de dolor y sufrimiento, para tener una discusión etérea, incoherente e indolente sobre falacias, postverdades, tesis en contra de cientos de publicaciones científicas —como decir que un paciente con hemofilia no debe montar en bicicleta—, disfrazadas de falsas dicotomías ideológicas. 

Y es que ya lo he dicho antes, no se trata de si el sistema de salud es Estatal, mixto o privado, al final, en el mundo hay ejemplos de todos estos arquetipos de sistemas que son buenos o malos, que están quebrados, que tienen mejores o peores resultados en salud, que logran coberturas universales o mayores inequidades en la población. En realidad, de lo que se trata es de construir soluciones viables, técnicamente fundadas —sí, así le choque a los populistas que enardecen las plazas públicas, pero que a la postre, dejan miserias para las personas regresando a sus hogares— sostenibles y adaptadas a nuestro contexto nacional.  Pero nada de eso ha ocurrido, todo lo contrario, ha empeorado hasta el cataclismo del sistema al que hemos llegado, pero el país parece anestesiado, tal vez porque desde siempre pareciera que hemos cargado con la demencia de nuestra autodestrucción, sea por las bombas del narcotráfico que auspiciamos con la tolerancia miope de la ilegalidad en nuestras narices o por la muerte de unos y otros por ser azules o rojos —cardenales o godos—, o cualquier otra excusa.

Irónicamente, la imposibilidad de reformar el sistema por vía legislativa —lo que no necesariamente parece ser una virtud del Congreso, sino más bien, un defecto de los monstruosos proyectos de Ley presentados— no se vio abordada por medidas desde el ejecutivo que corrigieran problemas, sino por una intervención del aseguramiento —y compra de la NuevaEPS por parte del Gobierno— que ni las películas de humor negro pueden igualar.  Aterricemos esto en un hecho concreto: ¿Qué organización, Estatal o privada, puede ser mínimamente viable si tiene, en un periodo de 2 años cinco —5— directores? Cada uno, por supuesto, con sus propias ideas, cambiando prestadores como si se tratara de juego de mesa y dejando de reconocer obligaciones contractuales.  Pues es el caso de la NuevaEPS, la principal aseguradora del país con más de 11 millones de usuarios. Pero, la cosa no para ahí, en ese estado de ingobernabilidad, se pretende entregarle —por todos los artilugios jurídicos posibles— alrededor de 6 millones de usuarios más.  Esto, definitivamente desafía cualquier comprensión sensata.

Ahora bien, se dice que el sistema de salud está logrando indicadores de éxito, una vez más, ignorando marcos conceptuales estandarizados, que evalúan su desempeño sobre la efectividad de la atención, generación de equidad, mitigación de los gastos catastróficos en salud, seguridad de la atención —de la cual no sabemos nada porque, simplemente, el reporte y publicación a través de la Resolución 256, que yo impulsé por allá en el año 2015, es ya un pobre chiste— y experiencia de la atención, entre otros atributos.  Se muestran indicadores que están en la dimensión de los determinantes sociales de la salud —que, por cierto, es un discurso más situado a la izquierda del espectro político— y necesariamente son causa del desempeño del sistema de salud, soslayando otros, decenas, que muestran, por supuesto, otro panorama.

Entonces, terminamos por donde comenzamos. Hablar de crisis de la salud puede sonar repetitivo, pero como ven, es más necesario que nunca. No es fácil, lo reconozco, más bien, es bastante complejo, pero mientras sigamos con discursos llenos de insultos, eslóganes y sofismas, no vamos a salir de esta situación que, al final nos afecta a todos, porque tarde o temprano la enfermedad tocará a nuestra puerta, como en un cuento de Dickens y esto va, desde las conversaciones diarias entre nosotros, hasta los grandes foros y las propias campañas presidenciales.

Como apunte final de esta columna, mientras la escribo y miro el televisor de reojo, no puedo evitar pensar en lo paradójico que resulta ver las dos caras de nuestra humanidad; como podemos limitar nuestro progreso social, incapaces de encontrar mínimos consensos, de buscar la verdad por encima de todo, al tiempo que, cuando algo extraño —¿será divino? — sucede, logramos tan excelsas y trascendentales epopeyas, como ir a los astros, a 384 mil kilómetros de distancia. Gracias a la misión Artemis II que, para algunos de nosotros, ha representado un rayo de esperanza para nuestra especie y trae un poco de polvo de estrellas —pero el de verdad— a nuestra realidad.

Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.

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