El cambio climático no está modificando el riesgo de malaria de manera uniforme. La evidencia científica publicada en El cambio climático no está modificando el riesgo de malaria de manera uniforme. Un análisis publicado el 5 de octubre de 2026 por Hannah Ritchie en Our World in Data muestra que el aumento de la temperatura podría reducir la prevalencia en algunas zonas de África donde las condiciones ya se encuentran por encima del rango térmico más favorable para la transmisión, mientras incrementaría el riesgo en regiones actualmente más frías. Al mismo tiempo, los fenómenos meteorológicos extremos podrían aumentar los casos y las muertes al afectar viviendas, servicios de salud, acceso al tratamiento y programas de control vectorial.
El análisis reúne evidencia científica reciente, incluidos estudios publicados en Nature durante 2026, para mostrar que la relación entre calentamiento global y malaria es más compleja que una asociación directa entre mayor temperatura y mayor transmisión. Una de las investigaciones examina principalmente el efecto de la temperatura sobre la prevalencia infantil y su distribución geográfica, mientras otra incorpora las consecuencias que inundaciones, sequías y otros eventos extremos pueden generar sobre los sistemas de salud.
África concentra cerca del 95 % de la carga mundial de malaria
De acuerdo con los datos recopilados por Our World in Data a partir de estimaciones internacionales sobre malaria, África subsahariana concentra de manera desproporcionada la carga mundial de la enfermedad. La región registra tasas de infección muy superiores a las observadas en Sudamérica y Asia del Sur y concentra alrededor del 95 % de las muertes globales. Los niños continúan siendo uno de los grupos más vulnerables. La carga de mortalidad infantil sigue siendo particularmente alta en los países africanos con transmisión sostenida, especialmente en África Occidental.
Esta concentración resulta fundamental para interpretar los posibles efectos del cambio climático. Una reducción de la transmisión en territorios actualmente hiperendémicos puede disminuir el promedio continental, aun cuando simultáneamente aumente la exposición de poblaciones donde históricamente la enfermedad ha tenido menor presencia.
La temperatura modifica las condiciones para la transmisión
El análisis de Our World in Data destaca que la transmisión de la malaria depende de la interacción entre el parásito, el mosquito vector, las condiciones ambientales y las características de la población. Para Plasmodium falciparum transmitido por Anopheles gambiae, la evidencia disponible sitúa alrededor de los 25 °C uno de los rangos de mayor idoneidad para la transmisión.
La relación no es lineal. Por debajo de aproximadamente 16 °C la transmisión disminuye considerablemente y también pierde idoneidad cuando las temperaturas superan aproximadamente los 34 °C. Esto significa que un incremento térmico puede producir resultados distintos dependiendo de las condiciones climáticas iniciales de cada territorio.
La precipitación y la humedad también intervienen. Las lluvias pueden generar criaderos para los mosquitos, aunque precipitaciones muy intensas también pueden eliminar larvas. La humedad, por su parte, influye sobre la supervivencia de los mosquitos adultos.
A estas variables se suman otros determinantes.
- La altitud puede limitar o favorecer la presencia del vector.
- Las condiciones socioeconómicas modifican el nivel de exposición y vulnerabilidad.
- El acceso al diagnóstico y tratamiento determina el riesgo de complicaciones y muerte.
- Los programas de control vectorial pueden reducir considerablemente la transmisión.
El clima constituye, por tanto, un determinante importante, pero no explica de manera aislada la evolución epidemiológica de la malaria.
Un siglo de calentamiento muestra efectos diferentes dentro de África
Uno de los estudios examinados por Ritchie fue liderado por Colin Carlson y publicado en Nature en 2026. La investigación analizó más de un siglo de información sobre malaria infantil para estimar cuánto de su evolución podría atribuirse al cambio climático generado por actividades humanas. El trabajo utilizó más de 50.000 encuestas de prevalencia correspondientes al periodo comprendido entre 1900 y 2016. Los investigadores compararon simulaciones climáticas históricas con escenarios contrafactuales en los que no se hubiera producido el calentamiento antropogénico.
Para el periodo 2010-2014, el efecto promedio estimado del cambio climático sobre la prevalencia infantil fue pequeño. Los cálculos situaron el resultado alrededor de un caso adicional por cada 1.000 niños de dos a diez años, aunque el intervalo de incertidumbre incluyó tanto posibles reducciones como incrementos.
El promedio continental, sin embargo, oculta diferencias regionales importantes. Según la síntesis presentada por Our World in Data, los modelos indican que el aumento de las temperaturas probablemente redujo la prevalencia en partes de África Occidental, mientras la incrementó en África Oriental y Meridional.
En algunas zonas occidentales, las temperaturas ya se encontraban próximas o por encima del rango más favorable para la transmisión y un calentamiento adicional puede alejarlas de ese punto. En regiones orientales, meridionales y de mayor altitud, el aumento térmico puede producir el efecto contrario y aproximarlas a condiciones más favorables para el mosquito y el parásito.
El mapa futuro de la malaria tampoco cambiaría de manera uniforme
El estudio de Carlson también proyectó la prevalencia hasta finales de siglo utilizando diferentes escenarios de emisiones. Los resultados recogidos por Our World in Data sugieren posibles disminuciones en África Occidental y Central, mientras algunas zonas de África Oriental y Meridional podrían experimentar incrementos. En conjunto, los modelos incluso estimaron una reducción promedio de la prevalencia infantil en África subsahariana bajo determinados escenarios de calentamiento.
Este resultado no significa que un mayor calentamiento represente un beneficio sanitario. Refleja que las reducciones proyectadas en regiones donde actualmente se concentra una parte considerable de la carga podrían superar estadísticamente los incrementos previstos en otros territorios.
La redistribución geográfica presenta, además, otro desafío. Las temperaturas más altas podrían favorecer la transmisión en zonas elevadas o territorios con exposición históricamente limitada, obligando a los sistemas sanitarios locales a desarrollar capacidades de vigilancia, prevención, diagnóstico y tratamiento que anteriormente no eran prioritarias.
¿Por qué los eventos extremos pueden cambiar estas proyecciones?
Our World in Data también incorpora los resultados de otra investigación publicada en Nature en 2026, liderada por Tasmin Symons. Este trabajo analizó 25 años de información sobre carga de malaria, variables climáticas, intervenciones de control, condiciones socioeconómicas y fenómenos meteorológicos extremos.
Bajo un escenario climático intermedio y suponiendo que los niveles actuales de control permanecieran sin cambios, el modelo estimó que el cambio climático podría generar de manera acumulada 123 millones de casos clínicos adicionales y 532.000 muertes adicionales en África entre 2024 y 2050. Los rangos de incertidumbre fueron amplios, entre 49,5 y 203 millones de casos adicionales y entre 195.000 y 912.000 muertes adicionales.
Uno de los hallazgos más relevantes fue el mecanismo detrás de ese incremento. Los fenómenos meteorológicos extremos explicarían aproximadamente el 79 % de los casos adicionales y el 93 % de las muertes adicionales proyectadas. Entre sus posibles efectos aparecen la reducción del acceso al tratamiento, los daños sobre viviendas e infraestructura sanitaria y la interrupción de las actividades de control vectorial.
La investigación encontró, además, que gran parte del aumento proyectado ocurriría mediante una intensificación de la malaria en zonas donde la enfermedad ya es endémica y no necesariamente por una expansión territorial generalizada.
Estas cifras no representan una predicción inevitable. Las estimaciones parten del supuesto de que las condiciones socioeconómicas y los niveles de control permanecen aproximadamente como en la actualidad. Mejoras sustanciales en prevención, diagnóstico, tratamiento y control vectorial podrían modificar las trayectorias proyectadas.
¿Qué deberían anticipar los sistemas de salud?
La lectura conjunta de la evidencia presentada por Our World in Data apunta a que la respuesta sanitaria será determinante para definir cuánto del riesgo climático termina convirtiéndose en enfermedad y mortalidad. La expansión del diagnóstico oportuno, el tratamiento efectivo, el control de vectores, los mosquiteros tratados con insecticidas y la vacunación pueden modificar sustancialmente las proyecciones.
La otra dimensión es la resiliencia de los sistemas sanitarios. Si inundaciones, sequías y otros eventos extremos interrumpen carreteras, centros asistenciales, cadenas de suministro o programas de control vectorial, la preparación frente a malaria pasa también por sistemas de alerta temprana, continuidad operativa y capacidad de respuesta ante emergencias.
Esta aproximación coincide con prioridades que comienzan a incorporarse en América Latina. El Plan Andino de Salud y Cambio Climático 2026-2031, reseñado recientemente por CONSULTORSALUD, contempla el fortalecimiento de la vigilancia, los sistemas de información, las alertas tempranas y la resiliencia de los servicios sanitarios frente a amenazas relacionadas con el clima.
Las proyecciones analizadas corresponden principalmente al continente africano y no pueden trasladarse directamente a Colombia ni al resto de América Latina. Sin embargo, dejan una conclusión relevante para los sistemas de salud. El efecto epidemiológico del cambio climático dependerá no solo de cuánto aumente la temperatura, sino de dónde ocurra, de cómo evolucionen los eventos extremos y, especialmente, de la capacidad de los países para sostener las intervenciones de prevención y responder cuando el clima interrumpa los servicios esenciales.