En colaboración con Carolina Rojas Garcia, Directora Maestría en Enfermería en Cuidados Paliativos y LUIS ALEJANDRO MUÑOZ ZAPATA, Docente Maestría en Ciencias en Enfermería Oncológica de la Universidad El Bosque
Cuando se habla de infraestructura en salud, la conversación suele concentrarse en hospitales, equipos diagnósticos, medicamentos, redes de prestación y sistemas de información. Todos son indispensables. Sin embargo, ninguno funciona de manera aislada: alguien debe interpretar la información, coordinar las respuestas, acompañar las decisiones y conectar los recursos alrededor de las necesidades de cada persona.
Esa es la infraestructura menos visible del sistema: el conocimiento, el criterio profesional y la capacidad de cuidado de quienes lo sostienen.
El talento humano como capacidad del sistema
El Plan Decenal de Salud Pública 2022-2031 reconoce el desarrollo del talento humano como uno de sus recursos operativos. Su alcance incluye la formación, la distribución, la disponibilidad, el empleo, las condiciones laborales y el desarrollo de competencias de acuerdo con las necesidades de las poblaciones.
Este planteamiento es relevante porque ubica al personal de salud no como un componente complementario, sino como una condición para que las políticas puedan convertirse en respuestas concretas. Una ruta de atención puede estar correctamente diseñada, pero su efectividad dependerá de que existan profesionales preparados para implementarla, adaptarla a los contextos y coordinarla con otros actores.
El Plan no es un instrumento específico sobre cáncer. Sin embargo, su enfoque ofrece un marco útil para preguntarnos qué capacidades necesita el país para responder a enfermedades complejas y prolongadas, en las que intervienen múltiples servicios y profesionales.
El cuidado oncológico permite entender con claridad esa necesidad.
Más que procedimientos aislados
Una persona que atraviesa un proceso oncológico puede requerir diagnóstico, tratamiento, rehabilitación, seguimiento y cuidados paliativos. La calidad de la atención no depende únicamente de cada intervención por separado, sino de la posibilidad de mantener continuidad, evitar fragmentaciones y ofrecer información comprensible y oportuna.
En ese recorrido adquieren especial importancia la coordinación del cuidado, la educación de pacientes y familias, el seguimiento de síntomas, la comunicación y el trabajo interdisciplinario. Estas capacidades no reemplazan la tecnología, los tratamientos ni la infraestructura hospitalaria. Permiten articularlos dentro de una experiencia de atención centrada en la persona.
El Plan Decenal plantea que el desarrollo de competencias debe responder a las necesidades de las poblaciones y orientarse hacia un modelo de atención centrado en las personas. También señala la importancia de una distribución adecuada del personal sanitario en los territorios para reducir desigualdades en el acceso.
Esto significa que no basta con formar más profesionales. Es necesario desarrollar las competencias que el sistema requiere y crear condiciones para que puedan utilizarse allí donde resulten más necesarias.
El aporte de la enfermería especializada
En oncología y cuidados paliativos, la enfermería especializada puede contribuir de manera significativa a este propósito. Por su participación sostenida en los procesos de atención, estos profesionales pueden reconocer necesidades, facilitar la comunicación entre pacientes, familias y equipos, apoyar el seguimiento clínico y promover la continuidad entre distintos momentos del cuidado.
Cuando esa experiencia se complementa con formación avanzada, se fortalecen capacidades para interpretar evidencia científica, gestionar síntomas complejos, coordinar intervenciones interdisciplinarias, acompañar decisiones y participar en el mejoramiento de los modelos asistenciales.
La formación especializada, por supuesto, no garantiza por sí sola mejores resultados. Su impacto depende de que las instituciones reconozcan estos perfiles, integren sus competencias en los equipos y les permitan asumir responsabilidades acordes con su preparación.
Por eso, la discusión no debería limitarse al número de profesionales que acceden a un posgrado. También debe preguntarse para qué se forman, qué papel pueden desempeñar en el sistema y cómo se conectan sus conocimientos con las necesidades de los territorios.
Una responsabilidad compartida
Desde la academia, esta necesidad exige programas que vayan más allá de la actualización técnica. Se requieren procesos formativos capaces de preparar profesionales para interpretar evidencia, coordinar el cuidado, trabajar de manera interdisciplinaria y responder tanto a las necesidades clínicas como a las dimensiones humanas de la enfermedad.
En esa dirección se inscriben la Maestría en Enfermería Oncológica y la Maestría en Enfermería en Cuidados Paliativos de la Universidad El Bosque. Su aporte debe entenderse dentro de una responsabilidad más amplia: contribuir a la formación de profesionales capaces de participar activamente en la construcción de respuestas sanitarias continuas, integrales y pertinentes.
Pero la responsabilidad no es exclusivamente de las universidades. El Estado debe orientar la formación de acuerdo con las necesidades sanitarias y territoriales; las instituciones de salud deben integrar adecuadamente las competencias avanzadas; y la academia debe mantener una relación permanente con los problemas reales del sistema.
Construir la infraestructura que no se ve
La infraestructura del cuidado oncológico no está compuesta únicamente por instituciones, medicamentos, tecnologías y rutas. También está hecha de profesionales capaces de articular esos recursos, acompañar decisiones complejas y sostener el cuidado a lo largo del tiempo.
Tal vez esa infraestructura no sea tan visible como un nuevo hospital o un equipo de última generación. Pero es la que determina si los demás recursos logran convertirse en una atención coordinada, oportuna y humana.
Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.

