Integrar la salud mental al modelo educativo, una urgencia para la política pública

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Durante años, el sistema educativo ha aprendido a medir lo visible (notas, resultados, cobertura), mientras ignora aquello que no aparece en los reportes: el bienestar emocional de quienes aprenden.

Desde mi experiencia en el campo de la psicología educativa, cada vez resulta más evidente que estamos formando estudiantes en estructuras que no fueron diseñadas para comprender su complejidad. Seguimos operando bajo un modelo que privilegia la estandarización, mientras la realidad de los estudiantes es diversa, fragmentada y, en muchos casos, emocionalmente frágil.

No se trata de una percepción aislada. Diversas problemáticas emocionales, familiares y sociales impactan de manera directa el rendimiento académico de los estudiantes, las relaciones interpersonales y, en muchos casos, la permanencia en el sistema educativo. La pregunta ya no es si está ocurriendo, sino por qué seguimos sin abordarlo con la profundidad que exige.

En esa línea, los hallazgos que reuní en el libro “Orientación psicoeducativa en Colombia: fundamentos teóricos y prácticos”, desarrollado con la editorial del Politécnico Grancolombiano, permiten evidenciar con claridad la magnitud del problema: los estudiantes no enfrentan una sola dificultad, sino múltiples dimensiones simultáneas que van desde lo académico hasta lo familiar y lo psicológico, lo que exige respuestas integrales y articuladas. Lo verdaderamente preocupante es la incapacidad estructural del sistema educativo para comprender esto y gestionarlo.

Datos que revelan una crisis más profunda

Cuando se examinan los datos con mayor detenimiento, el panorama es aún más inquietante. En contextos educativos se identifican problemáticas recurrentes como ansiedad, depresión, ideación suicida, consumo de sustancias, autolesiones, violencia escolar y conflictos familiares, todas con efectos directos en la vida académica y personal de los estudiantes.

A esto se suma que los trastornos específicos del aprendizaje presentan una prevalencia estimada entre el 5 % y el 15 % en población escolar, de acuerdo con los criterios diagnósticos reportados por la Asociación Americana de Psiquiatría en el DSM-5.

En el contexto colombiano, aunque no existe una estadística nacional unificada, estudios realizados en entornos escolares urbanos evidencian que cerca del 7 % de los estudiantes presentan dificultades significativas en la adquisición de la lectura, particularmente asociadas a trastornos de la lectura, según lo reportado por Talero y colaboradores en investigaciones realizadas en Bogotá.

Estas cifras no solo reflejan retos pedagógicos, sino también condiciones cognitivas, emocionales y sociales que, al no ser abordadas de manera integral, incrementan el riesgo de malestar psicológico y trayectorias educativas fragmentadas.

En paralelo, en América Latina aproximadamente el 15 % de los niños, adolescentes y jóvenes con discapacidad permanece fuera del sistema educativo, según lo documentado en el Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo de la Unesco. Esta situación no constituye únicamente una brecha de acceso, sino una evidencia de que el modelo educativo continúa excluyendo de forma estructural, incluso cuando se declara inclusivo.

Más preocupante aún es que múltiples análisis evidencian una brecha persistente entre las políticas educativas y las prácticas reales, donde siguen operando mecanismos de exclusión, estigmatización y discriminación. El problema más crítico es que la salud mental continúa siendo un tema secundario dentro de la educación, a pesar de que este es uno de los principales escenarios de prevención primaria en salud mental. Se aborda cuando la crisis es visible, pero no como un componente estructural del proceso formativo.

Frente a este contexto, la orientación psicoeducativa no puede seguir siendo entendida como un complemento. Su rol, tal como lo evidencian los análisis que hice en el libro, es fundamental para la prevención, la detección temprana y la intervención oportuna en salud mental, especialmente en contextos educativos de alta vulnerabilidad. Sin embargo, en la práctica, continúa siendo subvalorada y limitada a intervenciones puntuales que no transforman el sistema.

Entonces, ¿cómo repensamos la educación?

Replantear la educación exige, en primer lugar, asumir que las instituciones educativas son entornos de cuidado, no solo de transmisión de contenidos. Esto implica reconocer que el aula es también un espacio donde se construye salud mental o se deteriora, donde se fortalecen o se debilitan los vínculos, y donde las experiencias de exigencia, exclusión o reconocimiento dejan huellas profundas.

Desde esta perspectiva, no basta con detectar crisis cuando ya son evidentes, es necesario incorporar la prevención y el acompañamiento psicosocial como parte estructural del modelo educativo. La orientación psicoeducativa, el trabajo interdisciplinario y la articulación con el sector salud no pueden seguir siendo respuestas marginales o reactivas.

Replantear la educación también supone revisar las formas de evaluación, exigencia y competencia que hemos normalizado. Cuando el rendimiento académico se convierte en el único indicador de éxito, se invisibilizan los costos emocionales que ese modelo produce. Una educación centrada en el bienestar debe permitir aprender sin miedo, equivocarse sin castigo y avanzar reconociendo ritmos y contextos diversos.

Finalmente, poner el bienestar en el centro implica pensar la inclusión como una transformación real del sistema, no como un discurso. No se trata de adaptar al estudiante a estructuras rígidas, sino de construir entornos educativos flexibles, humanos y conscientes de la diversidad.

¿Estamos realmente incluyendo o simplemente integrando estudiantes a un sistema que no cambia? Tratar igual a quienes viven realidades profundamente desiguales mantiene la desigualdad. La inclusión real implica reconocer las diferencias, adaptar los procesos educativos y, sobre todo, garantizar condiciones de bienestar emocional para que los estudiantes puedan sostener su trayectoria educativa, a pesar de sus condiciones de vida.

Replantear la educación en Colombia es, en esencia, una decisión ética: elegir si seguimos formando bajo lógicas que excluyen y desgastan, o si asumimos, de una vez, que cuidar la salud mental de los estudiantes es una condición básica para educar con sentido y responsabilidad social.

Ignorar esta realidad no solo perpetúa la exclusión educativa, también profundiza una crisis silenciosa de salud mental que el país seguirá pagando. Porque formar sin cuidar no es educar; es, simplemente, dejar pasar.

Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.

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