Después del fuego: el desastre que continúa cuando termina la emergencia

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Después del fuego el desastre que continúa cuando termina la emergencia

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Colombia enfrenta un escenario que obliga a mirar con atención la relación entre clima, territorio y salud, el pasado 10 de septiembre, el IDEAM volvió a advertir sobre el fortalecimiento del fenómeno de El Niño y la posibilidad de condiciones particularmente intensas durante los próximos meses. En este contexto, la reducción de las precipitaciones en algunas regiones, el aumento de las temperaturas y la mayor sequedad de la vegetación pueden generar condiciones favorables para la ocurrencia y propagación de incendios de cobertura vegetal. La magnitud del problema ya se ha hecho evidente: entre el 16 de junio y el 6 de agosto de 2026, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) registró 438 incendios forestales en 191 municipios de 19 departamentos, con una afectación aproximada de 7.153 hectáreas de cobertura vegetal, siendo el Tolima quien concentró el mayor número de eventos, con 140 incendios, seguido de Cundinamarca con 89 y Valle del Cauca con 43.

La preocupación inmediata como es normal es concentrarse en apagar el fuego, controlar el humo, atender las emergencias y proteger a las poblaciones expuestas; sin embargo, el problema no termina cuando desaparecen las llamas, ya que el fuego se extingue, pero sus consecuencias no necesariamente lo hacen.

Después del incendio no desaparecen todas sus consecuencias, permanecen las cenizas, los suelos alterados, la pérdida de cobertura vegetal, los daños sobre cultivos y animales y la posible afectación de las fuentes de agua. En salud, los efectos más claramente documentados ocurren durante el incendio y en los días posteriores a la exposición al humo, estando bien documentado y la evidencia muestra un aumento de síntomas y enfermedades respiratorias, así como de consultas y hospitalizaciones; también se han descrito efectos cardiovasculares, aunque con resultados menos consistentes (Reid et al., 2016; Gould et al., 2024). Más allá de estos efectos agudos, resulta necesario considerar otras consecuencias que pueden prolongarse en el tiempo, relacionadas con la salud mental, la calidad del agua, la seguridad alimentaria, los medios de vida y la transformación del territorio.

Se ha investigado menos sobre cuáles de estos efectos persisten meses o años después de los incendios. Por ello, hablar de sus consecuencias posteriores requiere ampliar la mirada más allá de la contaminación del aire y considerar también sus efectos ambientales, sociales y territoriales. 

De igual forma una dimensión menos visible que es la salud mental, en donde el miedo, la evacuación, la pérdida de bienes, la amenaza sobre la propia vida y la incertidumbre pueden dejar efectos que se prolongan después de la emergencia. Una revisión de la literatura sobre incendios ha documentado consecuencias como estrés postraumático, ansiedad y depresión, algunas de las cuales pueden persistir durante años (To et al., 2021).

Pero los incendios también pueden alterar profundamente la relación de las personas con el territorio; aquí aparece el concepto de solastalgia, desarrollado por Glenn Albrecht y colaboradores para describir el malestar que surge cuando el entorno que constituye el hogar se deteriora mientras la persona continúa viviendo en él. Se trata de una afectación relacionada con el sentido de lugar, la identidad y la pérdida de control frente a una transformación ambiental no deseada (Albrecht et al., 2007).

Este concepto resulta particularmente pertinente después de un incendio, por ejemplo en el que una familia puede permanecer exactamente en el mismo lugar y, sin embargo, sentir que ha perdido parte de su hogar; el bosque ya no está, el paisaje cambió, desaparecieron animales, cultivos o lugares con significado cultural. De hecho, Eisenman y colaboradores estudiaron esta relación después de un incendio y encontraron una asociación entre mayores niveles de solastalgia y mayor malestar psicológico entre las poblaciones afectadas (Eisenman et al., 2015).

A ello puede sumarse el duelo ecológico, relacionado con la pérdida de ecosistemas, especies y paisajes que forman parte de la identidad y de la vida cotidiana de las comunidades; aunque sus antecedentes se remontan a las reflexiones de Phyllis Windle (1992) sobre el duelo frente a la degradación ambiental, el concepto fue posteriormente desarrollado por Cunsolo y Ellis (2018) como una respuesta de duelo frente a pérdidas ecológicas experimentadas o anticipadas. Después de un incendio, estas pérdidas pueden afectar no solo el entorno físico, sino también el sentido de pertenencia, la identidad y el vínculo emocional con el territorio; por tanto, la recuperación no consiste únicamente en reconstruir infraestructura, sino también en reconstruir relaciones sociales, culturales y afectivas con el lugar habitado.

Las consecuencias tampoco se limitan a la salud individual, sino que pueden extenderse a problemáticas colectivas donde el funcionamiento ambiental y productivo de los territorios se reduce al desaparecer la vegetación, los suelos pueden quedar más expuestos a procesos erosivos y las lluvias posteriores pueden transportar cenizas, sedimentos y otras sustancias hacia quebradas, ríos y fuentes de abastecimiento. Dependiendo de la severidad del incendio y de las características del ecosistema, también pueden producirse alteraciones en las propiedades del suelo y en su capacidad de recuperación. Asimismo, los incendios pueden afectar recursos esenciales para la producción agropecuaria, como el suelo y el agua, además de dañar directamente cultivos y animales, reduciendo la productividad y la rentabilidad de los sistemas agrícolas y pecuarios (Kabeshita et al., 2023). Estas afectaciones, sumadas a los cambios en la biodiversidad y los servicios ecosistémicos, pueden traducirse posteriormente en problemas de seguridad alimentaria y pérdida de medios de vida.

Así, el incendio desencadena una cadena que puede extenderse mucho más allá del área quemada:

El Niño → déficit de precipitación y altas temperaturas → sequía → mayor riesgo de incendios → humo, cenizas y pérdida de cobertura vegetal → afectación de la salud, el suelo, el agua, la biodiversidad y la producción → consecuencias sociales, económicas y territoriales posteriores.

Muchas de estas consecuencias son indirectas y por eso poco estudiadas, en donde la pérdida de producción puede disminuir los ingresos familiares; la escasez de agua puede aumentar los conflictos por recursos; la pérdida de medios de vida puede favorecer desplazamientos o migraciones, y la degradación ambiental puede disminuir la habitabilidad del territorio y la inseguridad alimentaria puede convertirse en un nuevo problema de salud.

Pero esta cadena no afecta a todas las personas por igual, la magnitud del daño depende de la exposición, de las condiciones previas de vulnerabilidad, del acceso a servicios de salud, de la dependencia de los recursos naturales y de la capacidad de recuperación de cada territorio. Por ello, resulta cada vez más limitado hablar únicamente de “desastres naturales”, ya que estamos frente a procesos socioambientales, en los cuales una amenaza climática interactúa con vulnerabilidades sociales y territoriales.

Esto plantea también un reto para el sector salud, que claramente se debe activar durante el incendio ya que hay que atender urgencias, garantizar medicamentos, proteger a las poblaciones vulnerables y comunicar el riesgo. Pero deberíamos preguntarnos también qué ocurre un mes, seis meses o un año después. La respuesta debería incluir el seguimiento de poblaciones expuestas, la vigilancia de enfermedades respiratorias y cardiovasculares, la atención de la salud mental, el seguimiento de gestantes, niños y personas mayores, la vigilancia de la calidad del agua, la evaluación de la seguridad alimentaria y el fortalecimiento de la atención primaria en los territorios afectados.

Frente al fortalecimiento de El Niño, Colombia necesita prepararse para prevenir y controlar incendios; pero eso no será suficiente, existe una diferencia fundamental entre apagar un incendio y recuperar un territorio. Lo primero puede tomar días o semanas, lo segundo puede tomar años.

Por eso, quizás la pregunta más importante no sea solamente cuántos incendios seremos capaces de controlar, sino otra mucho menos visible, la pregunta es 

¿Si estamos preparados para identificar, vigilar y atender lo que permanecerá cuando el fuego ya no sea noticia?

Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.

Referencias utilizadas

Albrecht, G., Sartore, G.-M., Connor, L., Higginbotham, N., Freeman, S., Kelly, B., Stain, H., Tonna, A., & Pollard, G. (2007). Solastalgia: The distress caused by environmental change. Australasian Psychiatry, 15(Suppl. 1), S95–S98. https://doi.org/10.1080/1039856070170128 

Cunsolo, A., Ellis, N.R. Ecological grief as a mental health response to climate change-related loss. Nature Clim Change 8, 275–281 (2018). https://doi.org/10.1038/s41558-018-0092-2   

Eisenman, D., McCaffrey, S., Donatello, I. et al. An Ecosystems and Vulnerable Populations Perspective on Solastalgia and Psychological Distress After a Wildfire. EcoHealth 12, 602–610 (2015). https://doi.org/10.1007/s10393-015-1052-1  

Gould, C. F., et al. (2024). Health effects of wildfire smoke exposure. Annual Review of Medicine, 75, 277–292. https://doi.org/10.1146/annurev-med-052422-020909  

Reid CE, Brauer M, Johnston FH, Jerrett M, Balmes JR, Elliott CT. Critical Review of Health Impacts of Wildfire Smoke Exposure. Environ Health Perspect. 2016 Sep;124(9):1334-43. doi: 10.1289/ehp.1409277. Epub 2016 Apr 15. PMID: 27082891; PMCID: PMC5010409.

To, P., Eboreime, E., & Agyapong, V. I. O. (2021). The Impact of Wildfires on Mental Health: A Scoping Review. Behavioral Sciences, 11(9), 126. https://doi.org/10.3390/bs11090126  

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