El café entre el placer, los mitos y la ciencia: ¿podemos hablar de efectos terapéuticos?

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El café entre el placer, los mitos y la ciencia podemos hablar de efectos terapéuticos

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Pocas imágenes son tan cotidianas y nuestras como una taza de café. El aroma de la mañana, una conversación entre amigos o una pausa entre actividades forman parte de una cultura que en Colombia también tiene significado económico, productivo y territorial. Pero hay una pregunta que pocas veces acompaña la degustación: ¿qué sabemos sobre sus efectos en la salud?

La pregunta cobra sentido tras Cafés de Colombia Expo, que reunió amantes del café y tendencias nacionales e internacionales en espacios académicos, comerciales y culturales para aprender y crear conexiones y oportunidades de negocio.

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Antes de hablar de cafeína o antioxidantes, nuestras familias ya pedían “un tintico para despertarse” o recuperar fuerzas. Algunas creencias encuentran explicación en la ciencia; otras exigen cautela. Ahí está parte de su encanto: la tradición puede sentarse a conversar con la evidencia.

Que sube la presión, afecta el corazón, ayuda a adelgazar, protege el hígado, causa gastritis o despierta el cerebro: alrededor del café abundan afirmaciones sobre salud.

Al llevarlas a la investigación, las respuestas rara vez son un simple sí o no.

Una taza es bastante más que cafeína

El café contiene centenares de compuestos volátiles y componentes bioactivos: cafeína, ácidos clorogénicos, trigonelina, polifenoles, melanoidinas y diterpenos como cafestol y kahweol. Se investigan sus posibles actividades antioxidantes, antiinflamatorias e inmunomoduladoras (1-3).

La cafeína explica buena parte del efecto estimulante mediante su interacción con los receptores de adenosina (3). Pero café y cafeína no son lo mismo: algunos estudios encuentran asociaciones semejantes con determinados resultados de salud para el café convencional y el descafeinado (3,4).

Estudiarlo exige mirar más allá de una molécula.

Tampoco respondemos igual: genética, metabolismo, microbiota intestinal, cantidad y preparación pueden modificar la exposición y la respuesta del organismo (2).

¿Bueno o malo para el corazón?

El café cargó durante años con una reputación cardiovascular negativa. Hoy la lectura es más matizada. Un metaanálisis de 40 estudios y más de 3,8 millones de participantes encontró una relación no lineal con la mortalidad: el menor riesgo relativo se observó alrededor de 3,5 tazas diarias para mortalidad general y 2,5 para cardiovascular (5). Otro análisis de estudios

prospectivos encontró menor riesgo cardiovascular, con la mayor reducción relativa alrededor de tres a cuatro tazas diarias (6). Esto no significa que prescribir tres cafés prevenga un infarto. Significa que el consumo moderado se ha asociado con resultados cardiovasculares favorables en estudios poblacionales.

La cafeína puede elevar la presión arterial a corto plazo, como recoge una revisión de revisiones. Sin embargo, los estudios observacionales sobre consumo habitual no necesariamente muestran mayor riesgo cardiovascular a largo plazo (7). No es una contradicción: una reacción inmediata y el desarrollo de una enfermedad son preguntas distintas. Conviene desconfiar tanto de “sube la tensión, entonces enferma el corazón” como de “protege el corazón”.

La ciencia suele vivir cómodamente en los matices.

El hígado: una señal, no una receta

Los ácidos clorogénicos, el cafestol y el kahweol se estudian por posibles efectos antioxidantes, antiinflamatorios y sobre el daño hepático. Hay razones biológicas para explorar beneficios, pero demostrar que el café los causa es otro asunto.

El metaanálisis de Bravi y colaboradores reunió 16 estudios y 3.153 casos de carcinoma hepatocelular. Quienes consumían café presentaron un 40 % menos de riesgo relativo de este cáncer frente a quienes no lo consumían (RR 0,60; IC 95 %: 0,50-0,71). La asociación fue más marcada con mayor consumo, pero los autores advirtieron una posible explicación alternativa.

Aquí conviene mirar la letra pequeña.

Imaginemos que alguien reduce el café porque tiene molestias digestivas o una enfermedad hepática. Al compararlo después con quienes siguen tomándolo, podría parecer que el café protege. Sin embargo, parte de la diferencia podría deberse a que la enfermedad hizo que dejara de beberlo, no a que beberlo evitara enfermar.

Un estudio de 2024 abordó la pregunta mediante aleatorización mendeliana: utilizó diferencias genéticas heredadas, relacionadas con la tendencia a tomar café, para explorar si este podría causar los efectos observados. Encontró asociaciones mínimas con las enfermedades hepatobiliares y pancreáticas estudiadas y una señal protectora leve para la esteatohepatitis no alcohólica.

Al cambiar de “lente”, el posible efecto protector fue menos contundente. Esto no invalida los estudios anteriores: cada diseño aporta una pieza del rompecabezas.

Unos estudios identifican patrones; otros exploran mecanismos o relaciones de causa y efecto. La evidencia hepática es prometedora, pero todavía no permite afirmar que el café prevenga o trate por sí solo estas enfermedades.

Diabetes: observar no es lo mismo que experimentar

Un metaanálisis de 30 estudios prospectivos, con más de 1,18 millones de participantes, encontró un 29 % menos de riesgo relativo de diabetes tipo 2 entre quienes consumían más café

frente a quienes consumían menos (RR 0,71; IC 95 %: 0,67-0,76). Cada taza diaria adicional se asoció con una reducción relativa cercana al 6 %. La asociación apareció con café cafeinado y descafeinado, lo que sugiere que no dependería exclusivamente de la cafeína (4).

En cambio, los ensayos clínicos no mostraron reducciones clínicamente relevantes del azúcar en sangre en ayunas con café, con o sin cafeína (12).

La alimentación, el estilo de vida y otras características podrían explicar parte de las diferencias. La lección es central: encontrar una asociación no demuestra que exista una relación de causa y efecto, ni que el café funcione como tratamiento.

¿Una taza para el cerebro?

Una revisión de revisiones encontró una asociación probable entre consumo de café y menor riesgo de Parkinson (7). Para Alzheimer, un metaanálisis de 11 estudios describió menor riesgo con una a dos tazas diarias, aunque los resultados variaron entre estudios y el riesgo no siguió disminuyendo al aumentar el consumo (13).

También se estudia el potencial neuroprotector de cafeína, ácido clorogénico, ácido cafeico, trigonelina, cafestol y kahweol (14). Conviene distinguir:

  • Que exista una explicación biológica posible.
  • Que se observe una asociación en poblaciones.
  • Que se demuestre un beneficio clínico.

Los dos primeros no demuestran el tercero.

También importa cómo llega a la taza

Hablar de “consumo de café” como si todas las tazas fueran iguales simplifica demasiado. El procesamiento, el tostado y la preparación modifican su composición y la extracción de compuestos bioactivos y antioxidantes (2).

Los diterpenos también importan al comparar preparaciones. Algunos ensayos describen aumentos de lípidos en sangre asociados al café, aunque con diferencias considerables entre estudios (7).

Los oligosacáridos del café podrían favorecer bacterias intestinales y la producción de ácidos grasos de cadena corta. Este potencial prebiótico requiere más estudios in vivo y ensayos clínicos antes de sustentar recomendaciones terapéuticas (1).

No basta preguntar cuántas tazas: también importa qué café, cómo se prepara, cuánta cafeína aporta y quién lo bebe.

Los mitos también necesitan contexto

Volvamos a las conversaciones familiares:

  • ¿Es malo para el corazón? No puede afirmarse de manera general.
  • ¿Sube la presión? Puede elevarla a corto plazo, sin que eso demuestre hipertensión crónica o mayor riesgo cardiovascular (7).
  • ¿Previene la diabetes? Las asociaciones favorables no justifican usarlo como tratamiento o prevención aislada (4,12).
  • ¿Protege el hígado? La señal es prometedora, pero persisten dudas sobre causa y efecto (8-11).
  • ¿Más significa mejor? No. Los beneficios observados no aumentan indefinidamente con el consumo (5). La tolerancia también varía: algunas personas presentan palpitaciones, cefalea u otros síntomas (15). El embarazo exige especial precaución: la exposición a cafeína se ha relacionado con resultados adversos y no deben extrapolarse las observaciones de la población adulta general a esta etapa (7,16). ¿Podemos llamar terapéutico al café? Mi respuesta es prudente: todavía no, al menos en el sentido médico de la palabra.

Esta bebida compleja se asocia con resultados relevantes en mortalidad, salud cardiovascular, metabolismo, diabetes, enfermedad hepática y trastornos neurológicos. Pero no debemos convertir esas observaciones en prescripciones. Entre afirmar que hace daño y presentarla como medicamento natural hay un territorio más interesante: comprender cómo interactúa con nuestra biología.

En Colombia conocemos el camino desde la semilla hasta la taza. La ciencia invita a explorar con igual curiosidad lo que ocurre después de beberla.

No necesitamos convertir cada alimento en medicina para reconocer su relación con la salud, ni renunciar al placer de una taza para hablar de riesgos e incertidumbres. Podemos disfrutar del café, conservar la curiosidad y reconocer los límites de la evidencia sin confundir una asociación prometedora con una cura o un daño.

Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.

Referencias

  1. Tripathi S., et al. Coffee oligosaccharides and their role in health and wellness. Food Res Int. 2023; doi:10.1016/j.foodres.2023.113288.
  2. Finta H., et al. Bioactive compounds in coffee: metabolism, bioavailability and health effects: a review. Molecules. 2026;31(9):1404. doi:10.3390/molecules31091404.
  3. Nieber K. The impact of coffee on health. Planta Med. 2017 Nov;83(16):1256-1263. doi: 10.1055/s-0043-115007..
  4. Carlström M, Larsson SC. Coffee consumption and reduced risk of developing type 2 diabetes: a systematic review with meta-analysis. Nutr Rev. 2018 Jun 1;76(6):395-417. doi: 10.1093/nutrit/nuy014.
  5. Kim Y, Je Y, Giovannucci E. Coffee consumption and all-cause and cause-specific mortality: a meta-analysis by potential modifiers. Eur J Epidemiol. 2019 Aug;34(8):731-752. doi: 10.1007/s10654-019-00524-3.
  6. Maso M., et al. Caffeinated coffee consumption and health outcomes in the US population: a dose-response meta-analysis and estimation of disease cases and deaths avoided. Adv Nutr. 2021 Jul 30;12(4):1160-1176. doi: 10.1093/advances/nmaa177..
  7. Grosso G, Godos J, Galvano F, Giovannucci EL. Coffee, caffeine, and health outcomes: an umbrella review. Annu Rev Nutr. 2017 Aug 21:37:131-156. doi: 10.1146/annurev-nutr-071816-064941.
  8. Bravi F, Bosetti C, Tavani A, Gallus S, La Vecchia C. Coffee reduces risk for hepatocellular carcinoma: an updated meta-analysis. Clin Gastroenterol Hepatol. 2013 Nov;11(11):1413-1421.e1. doi: 10.1016/j.cgh.2013.04.039. Epub 2013 May 6..
  9. Wadhasan M. Coffee and liver disease. J Clin Exp Hepatol. 2016 Mar;6(1):40-6. doi: 10.1016/j.jceh.2016.02.003.
  10. Zhao B., et al. Causal effects of smoking, alcohol consumption, and coffee intake on hepatobiliary and pancreatic diseases: a Mendelian randomization study. Clin Res Hepatol Gastroenterol. 2024 Oct;48(8):102450. doi: 10.1016/j.clinre.2024.102450. Epub 2024 Aug 20.
  11. Kondo Y., et al. Effects of coffee and tea consumption on glucose metabolism: a systematic review and network meta-analysis. Nutrients. 2019;11(1):48. doi:10.3390/nu11010048.
  12. Sultana I., et al. Effect of daily coffee consumption on the risk of Alzheimer’s disease: a systematic review and meta-analysis. J Lifestyle Med. 2023 Aug 31;13(2):83-89. doi: 10.15280/jlm.2023.13.2.83.
  13. Socala K., et al. Neuroprotective effects of coffee bioactive compounds: a review. Int J Mol Sci. 2020 Dec 24;22(1):107. doi: 10.3390/ijms22010107.
  14. Coffee, Caffeine, and Health. Med 2020;383(4):369-378. DOI: 10.1056/NEJMra1816604
  15. Ding Q., Xu Y-M, Lau A. The epigenetic effects of coffee. Molecules. 2023 Feb 13;28(4):1770. doi: 10.3390/molecules28041770.
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