¿Estamos convirtiendo el bienestar en una nueva obligación?

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Cuando las prácticas pensadas para descansar, como meditar, hacer ejercicio o dormir bien, se viven como tareas que se cumplen o no se cumplen, como una casilla por marcar, se empieza a perder el sentido y su objetivo de la búsqueda bien estar y se convierte en un estándar social.

Creo que el autocuidado se convierte en una presión cuando deja de responder a una necesidad interna y empieza a cumplir un estándar externo. Cuando nos cuidamos porque sentimos que debemos (porque el entorno espera que seamos fuertes, que gestionemos bien el estrés y que estemos sanos en lo mental, lo físico y lo social para no perder productividad) no es cuidado, es rendimiento con otro nombre.

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No es una ocurrencia personal. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo describe en La sociedad del cansancio, pues pasamos de una sociedad disciplinaria a una sociedad de rendimiento, pasando del “debes” al “puedes”. Como nos creemos libres, nos exigimos sin que nadie nos obligue y nos explotamos a nosotros mismos hasta el agotamiento.

El cansancio que Han describe no es el de quien estuvo trabajando todo el día, es el de quien nunca siente que es suficiente su propio proyecto, y de ahí vienen el burnout y la depresión. Es revelador que la Organización Mundial de la Salud haya incorporado el burnout a su clasificación de enfermedades como un fenómeno ocupacional.

El sociólogo Hartmut Rosa añade otra pieza en su teoría de la aceleración social, y explica que vivimos en una “estabilización dinámica”. La modernidad exige correr cada vez más rápido solo para conservar lo que ya tenemos: el empleo, el estatus, incluso la salud. En ese contexto, el bienestar se vuelve un amortiguador. Ronald Purser lo llamó “McMindfulness”, es decir, la meditación convertida en herramienta para descomprimirse el viernes y volver el lunes al mismo ritmo, sin cuestionar qué lo produce. Es una anestesia funcional al sistema.

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La socióloga Eva Illouz, quien formuló el concepto de capitalismo emocional, y el psicólogo Edgar Cabanas, con quien escribió Happycracia, muestran cómo la felicidad se convirtió en un mandato y en un negocio. Las emociones positivas se premian porque rinden y las negativas estorban. Si la felicidad es una habilidad que se entrena con terapias, libros y suplementos, estar triste o ansioso se lee como mala gestión personal.

Entonces, estar mal deja de ser una respuesta a un entorno difícil y pasa a ser culpa de quien no trabajó lo suficiente en sí mismo. Detrás de todo esto opera lo que Foucault llamó gubernamentalidad neoliberal y que Wendy Brown desarrolló en El pueblo sin atributos: la idea de que somos “empresarios de nosotros mismos”.

Si yo soy mi propia empresa, debo mantenerme en forma, y mi mente es un software que se actualiza con mindfulness. Dormir es para rendir mañana, meditar es para enfocar mis metas, y no queda espacio para el ocio ni para el aburrimiento, que no producen nada medible. Los pasos del reloj inteligente, las horas de sueño profundo y los días seguidos de dieta se vuelven métricas de autovigilancia. Somos guardia y prisionero de nuestro propio ser.

Considero que esta obsesión por estar bien nos enferma. Si la meta es estar siempre bien, cualquier malestar se vuelve un defecto que hay que ocultar o solucionar antes de que alguien lo note. Eso es lo que la psicología describe como positividad tóxica e invalidación emocional.

La tristeza, la frustración y la rabia son emociones humanas con información valiosa. Reprimirlas no las elimina, solo nos priva de aprender de ellas. Zygmunt Bauman lo vio desde otro ángulo, en la Modernidad líquida se nos pide resolver individualmente problemas que son sociales y cuando no lo logramos, el sistema nos devuelve la culpa. Por su parte, Byung-Chul Han, en La sociedad paliativa, sostiene que nuestra época huye de todo dolor, como si sentir fuera una falla.

Entonces, ¿por qué sentimos que debemos producir, hacer ejercicio, meditar y mejorar sin parar? En parte porque el éxito se mide hoy por la productividad el trabajo, el nombre, las relaciones, la buena imagen y un largo etcétera. En parte también, y conviene decirlo, porque hay razones legítimas.

La mayoría de los trabajos actuales son sedentarios y ergonómicamente hostiles, el movimiento que antes venía incluido en la jornada hay que buscarlo a propósito actualmente. Hacer ejercicio no es el problema, el problema es que lo hacemos para sostener un nivel de productividad y no porque el cuerpo lo pida.

Evaluamos nuestras capacidades y opiniones al compararnos con otros y las redes sociales amplificaron ese mecanismo de sobremanera. Si mido mi vida con la de otra, nunca será suficiente, porque el otro muestra lo que considera digno de mostrarse, pero nunca los altibajos ni el camino recorrido.

Baudrillard habla de los simulacros de la simulación, donde la copia remplaza la realidad, y compararnos con los estándares de otros puede producir una insatisfacción crónica, lo que nos podría llevar a sentir ansiedad y estrés.

Entonces, ¿cómo distinguir el querer estar bien de obligarse a estarlo? La Teoría de la Autodeterminación de Edward Deci y Richard Ryan explica que la motivación autónoma, que nace de los valores y las necesidades propias, es distinta de la motivación controlada. Esta última incluye la introyección, que significa hacer algo por culpa, por vergüenza o para sentirse valioso ante los demás.

No creo que el bienestar pueda seguir siendo un asunto individual. Si cuidarnos se convirtió en una exigencia de rendimiento, recuperar su sentido real también depende de lo colectivo. Hay que enseñar desde la infancia a escucharse sin compararse, entender que este cambio es lento y debe ser cultural, no una moda, así como lograr que las empresas dejen de premiar a quien más aparenta ser todo el tiempo productivo y adopten políticas reales de desconexión laboral.

Cuidarnos no debería ser un examen que se aprueba o se reprueba, sino un espacio donde podamos estar cansados, tristes o aburridos sin tener que justificarlo.

Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.

Referencias:

  • Baudrillard, J. (1981). Simulacres et simulation. Éditions Galilée.
  • Bauman, Z. (2002). Modernidad líquida (M. Rosenberg & J. Arrambide Squirru, Trads.). Fondo de Cultura Económica.
  • Brown, W. (2016). El pueblo sin atributos: La secreta revolución del neoliberalismo (V. Altamirano, Trad.). Malpaso.
  • Cabanas, E., & Illouz, E. (2019). Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas (A. F. Rodríguez Esteban, Trad.). Paidós.
  • Foucault, M. (2007). Nacimiento de la biopolítica: Curso en el Collège de France (1978-1979) (H. Pons, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio (A. Saratxaga Arregi, Trad.). Herder.
  • Han, B.-C. (2021). La sociedad paliativa: El dolor hoy (A. Ciria, Trad.). Herder.
  • Illouz, E. (2007). Cold intimacies: The making of emotional capitalism. Polity Press.
  • Purser, R. (2019). McMindfulness: How mindfulness became the new capitalist spirituality. Repeater Books.
  • Rosa, H. (2013). Social acceleration: A new theory of modernity (J. Trejo-Mathys, Trans.). Columbia University Press.
  • Ryan, R. M., & Deci, E. L. (2000). Self-determination theory and the facilitation of intrinsic motivation, social development, and well-being. American Psychologist, 55(1), 68-78. https://doi.org/10.1037/0003-066X.55.1.68
  • World Health Organization. (2019, 28 de mayo). Burn-out an “occupational phenomenon”: International Classification of Diseases. https://www.who.int/news/item/28-05-2019-burn-out-an-occupational-phenomenon-international-classification-of-diseases
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