Cuando hablamos de seguridad del paciente, es frecuente pensar primero en aquello que puede ocurrir durante un procedimiento, una intervención realizada de manera incorrecta, un medicamento administrado de forma inadecuada o una falla en el cumplimiento de un protocolo son situaciones que reconocemos fácilmente como riesgos asociados a la atención en salud.
Sin embargo, existen otros factores menos evidentes que también pueden comprometer una atención segura, una indicación que no fue comprendida, información relevante que no llegó oportunamente a otro profesional, una inquietud del paciente que no fue suficientemente escuchada o una alerta que no se comunicó de manera adecuada dentro del equipo pueden afectar la continuidad del cuidado.
En estos casos no necesariamente estamos frente a una falla en el conocimiento técnico, la dificultad puede estar en la manera como ese conocimiento se comunica, se articula con el de otros profesionales y se traduce en decisiones comprensibles para el paciente.
En el marco del Día Mundial de la Seguridad del Paciente, esta reflexión resulta especialmente pertinente. Hablar de atención segura implica, por supuesto, hablar de conocimiento científico, calidad, protocolos y buenas prácticas, pero también nos invita a preguntarnos por las competencias que necesitan quienes tienen la responsabilidad de cuidar.
En las ciencias de la salud, una sólida formación técnica y científica es indispensable, un profesional debe conocer su disciplina, comprender la evidencia disponible y desarrollar las capacidades necesarias para ejercerla responsablemente. Al mismo tiempo, la complejidad de la atención exige poner ese conocimiento en práctica en escenarios donde intervienen pacientes, familias y profesionales de diferentes disciplinas.
Desde la odontología lo vemos de manera permanente. Una atención no termina cuando finaliza un procedimiento, es necesario explicar al paciente qué se hizo, asegurarnos de que comprenda las indicaciones posteriores, reconocer condiciones que pueden requerir la participación de otros profesionales y mantener una comunicación que favorezca la continuidad del cuidado. Lo mismo ocurre, con las particularidades de cada disciplina, en otros escenarios de la atención en salud.
Por esta razón, la comunicación, el trabajo colaborativo, la toma de decisiones y la capacidad para reconocer los límites del propio ejercicio profesional no deberían entenderse simplemente como habilidades complementarias. Son competencias que acompañan el ejercicio clínico y que pueden contribuir a prevenir riesgos y fortalecer la seguridad durante la atención.
Esto plantea una responsabilidad particular para quienes participamos en la formación de los futuros profesionales de la salud.
Además de preguntarnos qué conocimientos debe tener un estudiante al terminar su formación, necesitamos observar cómo se comunica con sus pacientes, cómo participa en un equipo, cómo responde ante situaciones de incertidumbre, cómo reconoce aquello que requiere el conocimiento de otro profesional y cómo actúa cuando identifica una situación que puede representar un riesgo.
El desarrollo de estas competencias requiere una intención formativa, debe contar con oportunidades para su aprendizaje, aplicación y evaluación a lo largo del proceso educativo. No se trata de restar importancia a la formación disciplinar, sino de reconocer que el conocimiento técnico se ejerce siempre en relación con otras personas y dentro de contextos que exigen capacidades adicionales.
Esta mirada también permite ampliar la manera como entendemos la seguridad del paciente, prevenir riesgos no depende únicamente de realizar correctamente un procedimiento o seguir un protocolo. También requiere que la información sea comprendida, que las decisiones puedan comunicarse adecuadamente y que exista capacidad para trabajar de manera articulada cuando las necesidades de una persona superan los límites de una sola disciplina.
En este contexto, cobra especial relevancia el avance que representa para el país la construcción de competencias transversales unificadas para las profesiones del área de la salud. Competencias como la comunicación efectiva, el trabajo interprofesional, el razonamiento ético, el liderazgo colaborativo y la toma de decisiones centrada en la persona constituyen fundamentos compartidos para una atención segura y de calidad. Su incorporación explícita en los currículos de formación favorece el desarrollo de un lenguaje común entre las diferentes disciplinas de la salud y fortalece la capacidad de los futuros profesionales para responder de manera articulada a las necesidades de los pacientes y de los sistemas de atención.
Formar profesionales técnicamente competentes seguirá siendo una responsabilidad esencial de las universidades, el desafío es acompañar esa formación con el desarrollo de competencias que les permitan relacionarse, comunicarse y tomar decisiones de manera responsable en escenarios de atención cada vez más complejos.
La seguridad del paciente también depende de ello.
Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de CONSULTORSALUD.


