Juan Salvador Gaviota – Adiós 2021, Bienvenido 2022

Aquí en el sur del Perú hoy 31 de diciembre de 2021, recuerdo mis lecturas desbocadas de años atrás, de ayer, de todos los dias.

La primera vez que deje que Juan Salvador surcara con sus alas inmaculadas a través de mi mente, no comprendía lo que significaba pero sospechaba que nada volvería a ser igual.

Era la segunda vez que en mi vida me impactaba tal sensación de que algo poderoso estaba transformándome; la primera fue cuando luego de muchos años de recibir burlas escolares infinitas por no poder pronunciar correctamente la “erre” pese a mis ensayos del erre con erre cigarro, y de meterme en la boca pequeñas rocas que lastimaron infructuosamente mi úvula y mi autoestima, me levanté una mañana en un pueblo volcánico del oriente caucano donde ejercía como médico, y percibí que había cambiado, que mi timidez, mis inseguridades sobre la disfunción vocal se había esfumado (o ya no me importaba), y una fuerza nueva e indefinible se había apoderado de mí, como si la piel vieja y desgastada se estuviera cayendo a cascarones, como si todo lo previo hubiese sido un dudoso ensayo del futuro y tuve una mirada más clara (aún no es totalmente cierta esta acepción), y lo que hacía, las personas que me rodeaban y mi agudeza visual hubiesen mejorado tras la visita a un aplicado oculista.

Debo confesar que en el intermedio decidí entrenarme en “artes” diferentes y me gradué como PHI “Potencial Humano Integral” y leí interminablemente sobre el método silva de control mental. Ya se que en este punto pueden tildarme de lector de “libros de autoayuda”, lo que podría ser tan ofensivo como cierto; no importa; bástele saber al lector que cantar un mantra en medio de un bosque plagado de extraordinarios cánticos de animales y lograr como rápida consecuencia un respetuoso e inmaculado silencio es una pista de lo que significa la armonía, la espiritualidad y la inagotable energía que somos.

Poco tiempo después estaba parado frente a un auditorio de miles de padres de familia que me escucharon platicar sobre desarrollo humano en un colegio femenino a donde llegue sin saber cómo ni por qué; recuerdo haber hecho una pausa adrede en mi alocución y estremecerme internamente con el sepulcral silencio de la audiencia que esperaba ansiosa la siguiente frase que saldría de mis precoces labios.

¿Era acaso Juan Salvador una gaviota alocada y única? Era un ser lejano y fantástico? o mejor aún, era una premonición que Richard (Bach) había escrito para que yo la encontrara años después, y me apropiara de su esbeltez, de su terquedad, de su esfuerzo y recompensa descomunal.

Y entonces dejo volar mi mirada desprevenidamente sobre el litoral, a veces vacío de todo menos de ligeras olas silenciosas, persistentes, móviles, viajeras despreocupadas de su destino.

Es una bahía distraída de su majestuosa belleza, limitada por esculturales montañas prefabricadas por un cincel gigante cuyo dueño no he podido todavía conocer y menos entender. Las dejó llenas de dunas, de oquedades, llenas y vacías de sí mismas, tan capaces de reflejar al indómito astro rey, tanto como de dejarse calentar por la azulosa luz lunar que sin pausa durante miles de siglos las han visto desgastarse con la visita enamorada del viento estival.

Y entonces otra gaviota pasa frente a mí; esforzada, volando bajo, persiguiendo su lejana parvada, quizás asustada del inesperado desvío que le causó sumergirse para perseguir un esquivo pez que sigue nadando junto a la barrera de boyas que evitan que los humanos se adentren en el reino de Neptuno, reservado para aquellos seres de pulmones atípicos.

El esfuerzo para mantener el vuelo me distrae, hasta que veo pasar a la misma altura a otra mas veloz, menos cansable, que podría dirigirse a un lugar más alejado; pero ninguna de ellas es como Juan Salvador. No.

La mayoría hacen bronca y revolotean junto a dos barcos camaroneros que atisbo a la distancia, en los que presiento como en Timbiquí en el año 1989, se explayan miles de camarones recién arrastrados por su poderosa red y cuyos marineros sentados en diminutos asientos de cubierta los descabezan con ligereza incomparable, mientras desechan por la borda pequeños tiburones, mantarrayas y tortugas que han caído en desgracia.

Levanto mi mirada inquisitiva hacia el cielo claro y pintado de los enfriados azules y blancos del sur de América en esta época, tratando de encontrar alumnos avanzados de Juan Salvador.

Pero no están.

Los reemplazan en mis pupilas un trio de pelicanos hermosos y pesados que vuelan deliciosamente casi rozando el enamoradizo océano pacifico.

Porque no hay más como Juan Salvador, porqué no elevarse hacia las inescrutables nubes, y luego dejarse caer en un rizo a 130 kilómetros por hora y deshacerlo con un único e irrepetible giro de las últimas plumas para terminar en un velocísimo planeo sobre las olas a 200 y emocionantes kilómetros.

Porque no aparecen junto a ellas, otras gaviotas iluminadas, brillantes, tranquilas, poderosas, viajeras inmortales, que no requieren ningún esfuerzo para lograr alturas, velocidades y mensajes trascendentales.

Porque no han descubierto que no es necesario seguir a la lenta parvada, y salir a pescar cerca de la escasa bahía, en lugar de poder comer variado hasta saciarse cientos de kilómetros mar adentro, porque no viajar sin pausa, sin límites, sin temores, en lugar de volver al circulo protector del grupo tradicional cada atardecer, para repetir todo de nuevo al siguiente día.

Viajé al Perú porque quiero honrar al Juan Salvador que llevo por dentro, aquel pajarraco diferente que cada día me obliga a hacer un 5% más, a aprender lo que desconozco, a leer todo lo que se cruza en mi camino, a escuchar 150 libros en un podcast, y miles de videos de YouTube sobre como otros ya lo hicieron…y lo disfrutaron.

Al final Juan Salvador aprende lo fundamental y comienza a enseñar; atrevidamente yo ya empecé a enseñar, sabiendo que aun las plumas de mis alas todavía no se curvan apropiadamente y que los rizos a mas de 150 kilómetros por hora me hacen perder el control, y resulto estrellado contra las saladas y gélidas aguas.

Y que debo volver a intentarlo.

Que hay que volver a volar, a elevarse en el horizonte, hacia esas nubes geométricas que solo se ven desde arriba y no desde abajo, y que el plumaje algún día cambiará y quizás brillará, y la velocidad será irrelevante, porque como dijo después Richard (Bach) ningún lugar está lejos.

Perú es probablemente el siguiente objetivo de esta compañía que comencé hace más de 15 años, y seguramente palabras y lugares como Miraflores, San Isidro, Larcomar, Chorrillos y pisco sour serán cada día mas frecuentes, y la cuzqueña aderece las noches de causas limeñas, y la música se llene de cumbias, mientras el objetivo de aprender y enseñar será cada vez mayor.

El viento frío me recuerda que no debo escribir tan largo, que además debo hablar menos, ser mas organizado y alcanzar mas metas con prontitud porque mi tiempo es escaso.

Les dejo mi abrazo sincero por este maravilloso año 2021 que tuvimos el privilegio de vivir.

Los invito a que su batir de alas sea en dirección a las nubes, más alto, mas fuerte, mas valiente, mas esforzado, a que sus rizos sean veloces y deliciosos y que cuando nos volvamos a encontrar, su plumaje esté reluciente y brillante y nos podamos encontrar en cualquier lugar de esta nave espacial que llamamos tierra.

Carlos Felipe Muñoz Paredes
CEO & Fundador
www.consultorsalud.com

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