Edema macular diabético: preservar la visión también exige medir el costo total de la atención

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El edema macular diabético añade una carga clínica y económica al manejo de la diabetes. CONSULTORSALUD analiza, junto con Juliana Muñoz, Medical Advisor de Oftalmología de Bayer, cómo influyen la frecuencia de aplicaciones, la adherencia, la capacidad asistencial y el costo total de atención en la preservación de la visión.
Edema macular diabético costo, tratamiento y carga asistencia

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En Colombia, la diabetes representa una carga creciente para el sistema de salud y el desafío no termina en el control de la glucosa. Entre julio de 2024 y junio de 2025, la Cuenta de Alto Costo registró 2.541.648 personas con diabetes mellitus, 9,3 % más que en el periodo anterior, mientras la prevalencia cruda alcanzó 4,81 casos por cada 100 habitantes. A esta dimensión epidemiológica se suma una carga económica que la Federación Internacional de Diabetes estimó para Colombia en US$5.794,1 millones de gasto sanitario relacionado con diabetes en 2024.

Dentro de ese panorama, la afectación ocular introduce otra capa de complejidad. La retinopatía diabética puede evolucionar durante años antes de producir síntomas, mientras que el edema macular diabético, una de sus complicaciones capaces de comprometer la visión central, puede llevar al paciente a una ruta de atención que incorpora consultas especializadas, imágenes diagnósticas, aplicaciones intravítreas, controles periódicos y una carga adicional para cuidadores y familias.

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Para Juliana Muñoz, Medical Advisor de Oftalmología de Bayer, esa trayectoria obliga a ampliar la manera como se evalúa el valor de una intervención. La discusión, sostiene, no debería reducirse al precio del medicamento ni al número de aplicaciones, sino incorporar resultados visuales, continuidad terapéutica, utilización de infraestructura, capacidad asistencial y costos directos e indirectos.

La diabetes también plantea un desafío de detección temprana para la retina

La dimensión ocular cobra especial importancia cuando se considera que una persona puede conservar una visión aparentemente normal mientras la retinopatía diabética ya comienza a producir alteraciones en la retina. Para Muñoz, este carácter silencioso explica por qué la vigilancia oftalmológica no debería esperar a la aparición de síntomas.

“La retinopatía diabética puede avanzar silenciosamente durante años. Es posible que se esté produciendo daño en la retina aun cuando la persona conserve una buena visión y no perciba síntomas. Precisamente por ello, esperar a que aparezcan manifestaciones visuales puede significar perder una oportunidad valiosa para diagnosticar y tratar la enfermedad en etapas tempranas”, explicó.

El reto ocurre, además, dentro de una población cuya gestión metabólica ya presenta brechas. El informe 2025 de la Cuenta de Alto Costo encontró que, en la población evaluada con diabetes, la medición de hemoglobina glucosilada en los seis meses previos se realizó en el 43,02 %, mientras que el indicador de HbA1c menor de 7 % se alcanzó en el 24,84 %. La propia entidad clasificó el desempeño del indicador de control como bajo y presentó diferencias entre regímenes de aseguramiento.

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Estas cifras no permiten estimar por sí mismas cuántas personas desarrollarán retinopatía diabética o edema macular, pero sí reflejan la complejidad de gestionar una enfermedad crónica cuyo impacto puede extenderse a distintos órganos y aumentar el número de contactos que un mismo paciente debe mantener con el sistema.

El costo del edema macular diabético no termina en el medicamento

En entrevista con CONSULTORSALUD, Muñoz señaló que una evaluación más amplia debería considerar consultas médicas, estudios diagnósticos, procedimientos, infraestructura hospitalaria, recurso humano especializado y procesos administrativos. A ese componente clínico se suman gastos que pueden recaer sobre las familias, como transporte, tiempo de desplazamiento, acompañamiento y posibles pérdidas de productividad.

“La evaluación económica del edema macular diabético debe contemplar no solo los costos médicos directos, sino también los costos indirectos y sociales asociados a la pérdida visual y al impacto que esta tiene sobre la calidad de vida de los pacientes y sus familias”, señaló.

La distinción es particularmente importante para pagadores. Un análisis centrado exclusivamente en el costo de adquisición puede dejar por fuera el número de procedimientos necesarios durante el año, el monitoreo requerido, el uso de salas, el tiempo de especialistas y la carga administrativa asociada a cada intervención.

La frecuencia de las visitas puede convertirse en otra barrera terapéutica

La administración intravítrea no ocurre de manera aislada. El paciente puede requerir valoraciones por retina, pruebas de tomografía de coherencia óptica, procedimientos y nuevos controles. Muñoz advierte que esa frecuencia representa una demanda considerable de tiempo para el paciente y para quien lo acompaña.

“La frecuencia de las aplicaciones intravítreas y de los controles asociados puede influir de manera importante en la continuidad del tratamiento en la práctica clínica real. Estos pacientes no solo deben asistir a las aplicaciones, sino también a múltiples consultas de seguimiento, evaluaciones con el especialista en retina, exámenes de imagen como la OCT y otros controles necesarios para monitorear la evolución de la enfermedad”, explicó.

Cuando las visitas se vuelven difíciles de mantener, algunos pacientes pueden retrasar controles, interrumpir aplicaciones o perder el seguimiento. Según la especialista, los periodos prolongados sin tratamiento pueden asociarse con reactivación de la enfermedad y pérdida de beneficios visuales alcanzados previamente.

La carga se vuelve aún más evidente en personas que presentan otras complicaciones de la diabetes. Entre los adultos con diabetes incluidos por la Cuenta de Alto Costo, la prevalencia cruda de enfermedad renal crónica fue de 26,72 por cada 100 casos en el régimen contributivo y 26,59 en el subsidiado.

Esto no implica que todos esos pacientes tengan enfermedad retinal, pero muestra cómo una misma persona puede necesitar simultáneamente seguimiento metabólico, renal, cardiovascular y oftalmológico.

“Para estas personas, cada consulta adicional representa tiempo, desplazamientos, coordinación con cuidadores y, en muchos casos, costos económicos y pérdidas de productividad. Se trata de pacientes que ya tienen una alta carga asistencial y que deben distribuir su tiempo endrivetre múltiples especialistas, exámenes diagnósticos y tratamientos”, agregó Muñoz.

Durabilidad terapéutica: qué ha mostrado la evidencia clínica

La posibilidad de espaciar las aplicaciones intravítreas sin perder eficacia clínica se ha convertido en uno de los principales focos de investigación en edema macular diabético. Esto es relevante porque, en la práctica, la frecuencia del tratamiento no solo determina cuántos procedimientos recibe el paciente, sino también cuántas veces debe desplazarse, asistir a controles y utilizar recursos especializados del sistema.

Una de las principales fuentes de evidencia en este campo es PHOTON, un ensayo clínico fase 2/3 que evaluó la eficacia y seguridad de aflibercept 8 mg en pacientes con edema macular diabético. El estudio comparó esquemas de tratamiento con intervalos iniciales más prolongados —cada 12 o 16 semanas— frente al esquema de aflibercept 2 mg cada ocho semanas. Su objetivo fue determinar si era posible mantener resultados visuales y anatómicos similares utilizando menos aplicaciones a lo largo del seguimiento.

A las 96 semanas, la mejoría media de agudeza visual fue comparable entre los grupos. El número medio de inyecciones activas fue de 7,8 en el grupo inicialmente tratado cada 16 semanas frente a 13,8 en el grupo de 2 mg cada ocho semanas.

Entre quienes completaron las 96 semanas en el esquema inicialmente asignado cada 16 semanas, el 83 % mantuvo intervalos de al menos 16 semanas, el 47 % calificó para intervalos de al menos 20 semanas y el 32 % para 24 semanas dentro del protocolo del ensayo.

Estos resultados deben diferenciarse de la posología aplicable en Colombia. La documentación evaluada para Eylia 8 mg contempla que, después de las dosis iniciales, los intervalos pueden ajustarse según los resultados visuales o anatómicos y el criterio médico, con extensiones hasta cada cinco meses, equivalentes a 20 semanas.

La selección del paciente continúa siendo individual. Muñoz explicó que la posibilidad de ampliar los intervalos depende de la estabilidad clínica, el mantenimiento de la agudeza visual y la ausencia de signos de actividad de la enfermedad en la evaluación anatómica de la retina.

Menos aplicaciones pueden liberar capacidad, pero no equivalen automáticamente a ahorro

Una terapia que requiera menos procedimientos manteniendo los resultados visuales puede disminuir la utilización de tiempo médico, personal asistencial, espacios de procedimiento y procesos administrativos asociados a cada intervención.

Muñoz plantea además un potencial efecto sobre la capacidad instalada. Si determinados pacientes necesitan menos intervenciones durante el año, esos espacios podrían destinarse a otros pacientes que requieren valoración o tratamiento especializado.

“Cuando una terapia permite mantener los resultados visuales con un menor número de aplicaciones, el beneficio puede extenderse más allá del paciente y tener un impacto positivo en la organización de los servicios de salud. Puede reducir la carga asociada a los procedimientos intravítreos y a los recursos necesarios para su realización, incluyendo tiempo médico, personal asistencial, espacios de atención y procesos administrativos relacionados con cada intervención”, explicó.

Pero esa posibilidad no permite concluir automáticamente que exista ahorro financiero.

“No necesariamente. Aunque un menor número de inyecciones suele traducirse en una reducción de la carga asistencial y puede generar eficiencias importantes para el sistema de salud, un análisis económico completo debe ir más allá de contar únicamente el número de procedimientos realizados”, precisó Muñoz.

Para determinar si realmente existe un ahorro neto, la especialista considera necesario incorporar el costo de la terapia, su presentación farmacéutica, el procedimiento intravítreo, los exámenes de seguimiento como la OCT, las consultas médicas, el tiempo del personal y la infraestructura utilizada.

“Más que analizar únicamente cuántas inyecciones se realizan al año, un modelo económico debería valorar el costo total de la atención y los resultados obtenidos para el paciente. Solo integrando variables clínicas, operativas y económicas será posible determinar si una intervención genera un ahorro neto para el sistema o si principalmente contribuye a reducir la carga asistencial y optimizar el uso de los recursos disponibles”, afirmó.

La diferencia resulta central para el análisis económico: reducir procedimientos puede generar eficiencia operativa y liberar capacidad, pero demostrar ahorro requiere una evaluación que incorpore el conjunto de costos y resultados.

¿Cómo debería medir una EPS el valor de un tratamiento?

Desde la perspectiva de un pagador, la comparación no debería detenerse en el costo unitario. Muñoz propone evaluar eficacia, capacidad para preservar la agudeza visual, control anatómico, durabilidad, número de aplicaciones, adherencia, infraestructura necesaria y costo total durante todo el horizonte terapéutico.

La disponibilidad de especialistas, equipos diagnósticos, personal de apoyo y espacios de procedimiento también forma parte de esa ecuación. Un tratamiento que exija una menor carga de intervenciones puede consumir menos capacidad, pero su verdadero valor dependerá de que esa reducción mantenga el control de la enfermedad y los resultados visuales.

“El valor de una terapia no puede definirse a partir de un único indicador, sino del equilibrio entre los resultados clínicos que ofrece y los recursos que requiere para alcanzarlos”, explicó.

Para la especialista, la evaluación debe incorporar también lo que ocurre durante todo el ciclo de atención y no limitarse al precio inicial.

“La alternativa que genera mayor valor será aquella que logre preservar la visión y controlar la enfermedad de manera sostenida, mientras optimiza la utilización de recursos, favorece la adherencia y contribuye a mejorar la calidad de vida de los pacientes”, sostuvo.

Ese enfoque desplaza la discusión desde el precio aislado hacia una pregunta más amplia: cuánto recurso necesita el sistema para mantener a una persona tratada, adherente y con su visión preservada durante el tiempo.

¿Qué debería saber una persona con diabetes sobre sus ojos?

El mensaje para el paciente sigue siendo la detección temprana. La presencia de síntomas no es un requisito para que exista afectación retinal y, por eso, los controles oftalmológicos periódicos forman parte del manejo de la diabetes.

Muñoz identifica como señales que ameritan valoración prioritaria la disminución repentina de la visión, la aparición reciente de manchas o puntos flotantes, una mancha en el centro del campo visual, la distorsión de las imágenes en la que las líneas rectas comienzan a verse curvas y cambios importantes en la percepción del color o en la calidad visual entre un ojo y otro.

Sin embargo, insistió en que esperar la aparición de estos signos puede retrasar el diagnóstico.

“Uno de los mayores desafíos de la retinopatía diabética y del edema macular diabético es que pueden progresar durante largos periodos sin generar síntomas evidentes. Por esta razón, esperar a notar alteraciones visuales puede significar perder una oportunidad valiosa para detectar la enfermedad en etapas tempranas, cuando las intervenciones son más efectivas para preservar la visión”, indicó.

El desafío para el sistema empieza antes de una aplicación intravítrea y continúa durante todo el recorrido del paciente. En una población creciente con diabetes, preservar la visión exige detección oportuna, continuidad terapéutica y decisiones que consideren simultáneamente resultados clínicos y utilización de recursos.

Para pagadores e instituciones, la pregunta deja de ser únicamente cuánto cuesta una aplicación. La discusión pasa a ser cuánto cuesta todo el recorrido asistencial necesario para conservar la visión, cuánta capacidad demanda y qué resultados consigue mantener para el paciente.

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